Archivo de la categoría ‘Textos’

Trovador (2)A Eduardo Hernán Gómez

Por Abel Schaller

¿Se alió tu corazón con la distancia?,
¿acaso te abatieron tantas leguas?
Esto tiene el dolor: sólo preguntas,
en la completa desnudez del llanto,
y ese herirnos la piel, como si nada.
Venías con tu música en bandadas,
esos gozos de luz sobre la mesa,
que tendías en tardes sin medida.
Yo creo que es tu voz y no la nuestra,
esta profundidad que muestra el día.
Hay un silencio sobre el pentagrama,
una armonía en la que ahora esperas.
Sólo una cosa habrá de demorarnos:
el esparcir el canto de tu vida.

 

 

Este video fue tomado desde la platea, esta lleno de defectos, pero de mucha emoción tambien. Ese inolvidable sábado 30 de enero de 2010, esta formación histórica de Los Trovadores, después de mas de 30 años de no cantar juntos, se despidió para siempre del Festival de Cosquín.
De izquierda a derecha cantan: Eduardo Hernán Gomez (Bajo y primer arreglador), Francisco Romero (1er Tenor y bombo) Ramón Chiquito Catramboni (Barítono bajo) y Carlos Pino (Barítono y guitarra).

 

 

Eduardo Hernán Gómez fue uno de los integrantes originales del grupo Los Trovadores hasta 1967. Luego participó de Melipal, con Carlos Pino y Héctor Invernizzi, ambos también ex trovadores. Hasta el día de su deceso, dirigía el coro de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER) “Tahil Mapu” con sede en Concordia.
Fue un referente indiscutido del nuevo folklore argentino, representado por las armonías de Puente Pexoa, Cielito mío, Zamba del laurel y Para ir a buscarte, entre otras piezas.
Gómez se encontraba en su casa cuando sufrió una descompensación que provocó su fallecimiento. Estupor y sorpresa causó la noticia entre familiares y allegados al músico, ya que no padecía una dolencia que haga suponer algún riesgo o predisposición hacia alguna eventualidad como la que se presentó en la noche de ese viernes. Eduardo Gómez está considerado como uno de los miembros originales del grupo Los Trovadores del Norte. En realidad Los Trovadores del Norte aparecieron en Rosario a fines de 1956 como conjunto nativo orquestal-coral integrado por numerosos miembros, a iniciativa de Bernardo Rubin y su hermano. En 1959 el grupo adoptó la forma de un quinteto vocal integrado por Bernardo Rubin, Francisco Romero, Carlos José Pino, Enrique Garea y Yolanda Pedernera, que participa en el 7º Encuentro Mundial de Juventudes por la Paz, realizado en Viena. Al regresar y ya en 1960, Garea y Pedernera se retiraron del grupo e ingresaron Sergio José Ferrer y Eduardo Gómez. Con esta formación Los Trovadores del Norte grabaron tres álbumes y obtuvieron en 1963 el Premio Revelación en el Festival de Cosquín con el rasguido doble “Puente Pexoa”, su primer éxito. En 1964 el grupo se separó, quedando Rubin con la propiedad del nombre Los Trovadores del Norte, mientras que el resto de los miembros continuaron bajo el nombre de Los Trovadores. Gómez se mantuvo en el grupo hasta 1967. En 1983, integró junto a Carlos Pino el grupo Melipal, con el que grabó dos álbumes. En 1996, cuatro de los cinco integrantes de 1964 (Carlos Pino, Eduardo Gómez, Sergio Ferrer y Héctor Anzorena), a los que se sumó Eduardo Impellizieri en reemplazo de Romero, reconstituyeron la formación inicial con el nombre de Los Originales Trovadores con el fin de presentarse en la edición del Festival de Cosquín del año entrante. Infortunadamente, el 1 de diciembre de 1996, falleció Sergio Ferrer. El grupo convocó entonces a Eduardo Catena y con esa formación se presentaron en Cosquín interpretando “El Paraná en una zamba”. (fuente: www.cableinformación.com.ar)

chanchito

 

 
Sobre el chancho blanco…

Investigación de Juan Carlos Gallego

El Dr Peter Jhoihanssen de la Universidad de Massachusetts, especialista en el tema de la investigación porcina y autor del libro “El cerdo higiénico es más delgado” llega a conclusiones sorprendentes para aquellos que, neófitos en las actividades de los porcinos, nos sorprendemos ante alguna de las afirmaciones, a saber:
Al “pig white” llamado en nuestro país “chancho blanco” se lo conoce originalmente como cerdo albino, ahora al llegar a nuestro país y ante las “avivadas” típicas de los argentinos se lo empieza a comercializar como cerdo albino-blanco y a los de tono más oscuro como cerdo al vino-tinto, esto hace que los criadores del cerdo claro lo diferencien y le pongan el nombre de chancho blanco. Según el Dr Peter Jhoihanssen este cerdo era primitivamente de color pardo pero al descubrir que el alimento que le daban sus dueños y que él (silenciosamente) tanto agradecía tenía la única finalidad de engordarlo para más tarde llevarlo al matadero lo dejó blanco del susto. Siguiendo está línea de hipótesis, este Dr de origen sueco y residente en EEUU llegó a la conclusión de que a este tipo de cerdo no le gusta que lo maten, ni que lo coman, cruzando sus investigaciones con el afamado Dr Carlos Alberto Sinisterra del departamento de estudios animales de la universidad de El Cairo, quien es un eminente especialista en el “cordero celeste” especie en extinción ( a tal punto que se cree que en el mundo la cantidad de ejemplares del cordero celeste es igual a la de políticos honestos) y quien, luego de estudios comparativos, llega a la conclusión que a ningún animal le gusta que lo maten, aunque es el cerdo quien al ser asesinado, lo expresa mediante un chillido (de ahí, concluye, proviene el dicho popular “grita como un cerdo que lo están matando”)
El Dr Peter Jhoihanssen nos dice en su libro que el chancho blanco es una “rara avis” y a los que manejamos el latín como nuestra segunda lengua, también llamados bilinguales, (favor de no confundir con sublinguales que son los que hablan menos de un idioma) entendemos y acompañamos esta afirmación ya que (les traduzco) esto significa “ave rara” y reconozcamos (y nadie me lo puede negar) que un chancho blanco como “ave” es bastante “rara” (otra ave rara sería el Ave Cesar, conocida por saludar antes de morir)
Por último y cerrando estas conclusiones el chancho blanco es de origen alemán y fue conocido a mediados del siglo pasado como cerdo racista y después de la famosa Guerra del Cerdo, llevada adelante por la mente desquiciada de Adolf Bioy Casares (quien en su delirio pretendía crear una raza superior de cerdos) este comenzó su extinción (al decir “este” me refiero al cerdo no a Bioy).
Por último, concluye el Dr Peter Jhoihanssen, hay otro tipo de cerdo blanco, este posee una ranura en su parte superior pero el mismo no pertenece al reino animal ya que es de cerámica y si bien no es comestible ha heredado el mismo destino trágico de su homónimo de carne (sabrosa) y hueso y cuando está bien lleno se lo destruye en beneficio de los humanos.
Es por esto que humildemente no recomiendo la ingestión del cerdo albino (chancho blanco) porque la misma es una flagrante contravención a sus deseos.

 

Martín Carlomagno11320quinquela1x8

¿Acaso la memoria
ha quedado en la arena?
Todo hombre da cuenta por sus pasos.
Todo sol es la noche.
Aunque vuelvas memoria por los suelos de entonces
y una música lenta te reclame en silencio.
Nada hay en el río
y los barcos no vuelven.
¿Se habrá secado
el viento en los hombros del sueño?
Ahora que han cambiado
trabajo por tormento.
Esas bolsas son tuyas
hombreador del fracaso
y esa playa de nadie espera algún regreso.
Estibador, la noche tiene pasos a tu lado.
Guarda silencio el hombre de cemento.
Poema del libro inédito El inventado

 

calveyracalveyra

El martes 23, el escritor entrerriano Arnaldo Calveyra cumplió 81 años. Como vive en Paris y está muy lejos como para cantarle el feliz cumpleaños, Laurentino quiso festejarlo a su manera.
Para eso, contamos con la colaboración del joven poeta Julián Bejarano quien recuerda sus primeros encuentros con los textos de Calveyra. 

Sobre Arnaldo

Hace unos años vivía en Buenos Aires y trabajaba en un kiosco en Almagro. Más precisamente en la esquina de Corrientes y Medrano. Entraba cerca del mediodía y salía tipo 9 de la noche. Para ir al trabajo me tomaba un colectivo medio fantasma, era el 180 que llevaba un cartel que decía x155, era como una fusión entre dos líneas no me acuerdo bien. Arriba de ese colectivo que tardaba algo así como una hora desde Mataderos a Almagro, empecé a leer Diario de fumigador de guardia, de Arnaldo Calveyra. Generalmente lo leía en el trayecto de ida porque a la vuelta, como volvía casi de noche, el colectivero generalmente apagaba la luz y se me complicaba bastante para leer. Aunque muchas veces ese corte de luz me agarraba tan concentrado en la lectura que seguía, nomás, leyéndolo en la oscuridad. A la siesta por ahí cuando no pasaba nada en el kiosco, abría el libro y picoteaba sobre algún fragmento, mientras despachaba algún que otro Marlboro Box o una Coca de 600. En realidad yo quería leerlo bien, o sea de manera horizontal sobre la cama. Pero en esa época no vivía muy tranquilo que digamos. Paraba en una pieza, al fondo de una casa con dos señoras, la hija solterona de 40 y la madre de 70. Y por ahí no les gustaba que este sin hacer nada, tirado en la cama, leyendo y fumando. Preferían quizás que hiciera los mandados o que me sentara en la mesa con ellas a mirar televisión.
Así que no me quedaba otra que darle a la lectura arriba del colectivo o en alguna plaza unos minutitos antes de entrar a laburar. Al libro lo leí de un tirón como se dice. A medida que iban pasando las páginas más me enloquecía, adentro del libro había un hombre que describía el trabajo de fumigar ratas y otros bichos en una isla, debe ser que por eso me gustó tanto el libro, porque Arnaldo tomó como eje central su propio trabajo por aquellos años. El libro desde ya es muy original, ¿a quién se le puede ocurrir escribir un libro de poesía sobre fumigar? Sólo Calveyra pudo ver y nos dio una clase a todos, de que se puede hacer poesía de cualquier cosa. Por eso no estoy de acuerdo con lo que escribió Adorno, eso de que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Arnaldo nos demuestra todo lo contrario. En el sentido de que un acto de barbarie o un trabajo bastante insalubre (como el que desempeñaba Arnaldo) tranquilamente puede transformarse en poesía.
De todos los libros de Arnaldo siempre me quedan versos dando vueltas en la cabeza, por ejemplo de Diario de fumigador de guardia ese que dice: “Me tiendo en cubierta, no a descansar sino a aguardar la irrupción de la memoria”, o “poco a poco la muerte se va cansando de darlo de alta”, uno va leyendo lo más bien y de golpe aparecen este tipo de remates finales que uno no puede seguir como si nada hubiera pasado. En esos momentos yo, dejaba de leer, levantaba la cabeza y miraba la calle llena de autos a través de la ventanilla y me quedaba así unos minutos flasheando un poco.
A la vuelta del kiosco había una librería bastante buena y barata. Ahí conseguí Maizal del gregoriano, El hombre de Luxemburgo, El origen de la luz y una obra de teatro muy difícil de encontrar que se llama El diputado está triste. Maizal del gregoriano es para mí una obra fundamental y maestra, el comienzo ya es impresionante “Las dos de la mañana. Escucho la canción inventada por un tartamudo”, el maizal se puede abrir en cualquier página, digamos al azar, y uno queda enfiestado con tanta poesía, por lo menos a mí me pasa eso. Confieso que cuando lo leí por primera vez no entendía nada de lo que Arnaldo decía, pero me gustaba no entender, me dejaba en paz y me daba una especie de tranquilidad que por aquel año en Buenos Aires y viviendo con esas viejas, yo necesitaba bastante. Kenneth Rexroth en un libro que se llama Recordando los clásicos dice acerca de Tu Fu: “Tu fu a hecho de mí un hombre más digno, un organismo más perceptivo y sensible, así como espero, un mejor poeta”. Con Arnaldo me pasó y me pasa algo parecido.
Porqué a pesar de que lo leí hace bastante, es de los poetas que uno vuelve a leer cada tanto. Calveyra no es uno de esos poetas que uno lee en una época de su vida y que después no vuelve más sobre ellos. A veces me levantó a la mañana y leo alguna parte de El maizal… o Diario de Eleusis y después encaro el día de otra manera, me siento mejor, ya no me da bajón tener que ir a trabajar. Y esperando, como dice Rexroth, que me haga ser un mejor poeta.
Mientras estuve en Buenos Aires lo que hacía a parte de leer y trabajar, fue tratar de escribir algo así como un diario en prosa. Me gustó tanto Calveyra que me sentía capacitado para copiarle, el libro se llamaba El hombre que sólo mira la plaza, si el titulo ya era medio calveryano ni les cuento lo que había escrito. Por supuesto, el libro fue un desastre total y no le gustó a nadie. La poesía de Arnaldo es tan buena que ni copiar se puede, de hecho en Argentina, nadie escribe de esa manera, y los que lo intentan lo hacen mal.
Después de unos meses en Buenos Aires volví de nuevo a Paraná. En una oportunidad fuimos invitados junto con Ariel Delgado a una lectura de poesía en Concordia. En el lugar donde se llevaba a cabo la lectura, casi al final de un pasillo largo, había una mesa con unos libros a la venta. Yo estaba ahí mirando un poco y de pronto veo un libro de Calveyra que no conocía, se llamaba Diario de Eleusis, no tuve suerte porque mientras lo miraba, se acerco un tipo y medio que me lo sacó o quizás lo agarró el primero, no me acuerdo bien. Lo primero que hice cuando volví a Paraná, fue ir a buscar el libro de Arnaldo a Códice. Lo veo arriba de una mesita marrón y lo agarro. Lo abro y leo “y el hombre que se saca un arco iris del cuerpo”, automáticamente lo llevé a la caja para que el empleado me lo cobrara, no iba a dejar que nadie me durmiera otra vez. Mis experiencias con los libros de Arnaldo siempre se dieron de esa forma. Arnaldo es una maquina de largar imágenes que por lo menos a mí me dejan regulando. De Arnaldo me leí casi todo. Y todo lo que leí me gusto, desde los cuentos de El origen de la luz hasta La Cama de Aurelia, pasando por Iguana iguana y El libro de las mariposas. Todos los libros de poesía son imperdibles y cualquiera que se tome el atrevimiento de llamarse poeta tiene que pasar por ellos de la misma manera que la remera tiene que pasar sí o sí por el cuello, para vestirla. Por qué para mí, humildemente, Arnaldo Calveyra es el mejor poeta y el escritor más completo que ha dado la provincia de Entre Ríos.
Y está sin duda entre los tres mejores de nuestro país. Leer a Calveyra es fundamental como leer a Eliot, a Stevens, Pound, Williams y a Tu Fu y disculpen por ser tan eufórico, pero realmente creo que es así, que no hay más vuelta que darle.
Tuve la suerte de conocerlo y de no llevarme una mala impresión de él. Todo lo contrario, Arnaldo es un maestro en todo sentido. Humilde y simple, por momentos silencioso y observador y por otro conversador y curioso, me acuerdo que me preguntó en qué trabajaba, cuantas horas lo hacía y que cosas hacía en mi trabajo.
Con mi novia fuimos a Mansilla (su pueblo natal) a la presentación de su poesía reunida. Estuvimos en las dos lecturas que dio en el pueblo. Cuando se hizo de noche, alquilamos una pieza chica que había al fondo de un pasillo, al costado de un restaurante. Era primavera, pero durante la madrugada pasamos un frio de locos. No nos avivamos de pedirle a la dueña unas cobijas más, tal vez ni las tenían. La cosa que al otro día, fuimos a desayunar a donde estaba parando Arnaldo y su esposa. Como siempre Arnaldo nos preguntó como habíamos pasado la noche y le contamos acerca de la falta de una cobija más, para soportar de una manera más agradable, el frio de esa noche en el campo. Arnaldo se molestó un poco por la hospitalidad que ofrece Mansilla a los recién llegados. La historia es que al año siguiente cuando Calveyra volvió a Paraná y nos encontramos otra vez, lo primero que me dijo fue, “qué frio pasaste en Mansilla la otra vez, cómo no te van a dar una cobija más”. Yo me había olvidado del frio y de la falta de cobijas en Mansilla, pero él se acordaba. Esas pequeñas cosas son las que hacen grande a una persona. Por eso es lo que es. Arnaldo es de esos tipos que te pregunta cosas, que te escucha, que se interesa por lo que te pasa. Aparte de tener una memoria de 64 gigas más o menos. Un hombre de esas características es muy difícil de encontrar dentro del mundo de la literatura. Y yo tuve la suerte y aún la tengo de haberlo encontrado.

caracola_2De Tochi Eymann

Mientras el farmacéutico dormía la siesta, el dependiente atendía el negocio y yo aprovechaba ese momento para llevar el encargue de mi abuela.
Mi abuela preparaba dulces y compraba esencias y especias para sus recetas y me hacía feliz ir a la farmacia; me gustaba el olor a menta, los botellones, la cabeza de Geniol y sobre todo el caracol.
El dependiente alguna vez había sido marinero y como recuerdo de sus viajes tenía un caracol sobre el escaparate.
Era color naranja, no muy grande, tenía pliegues como si fuera de hojaldre y adentro, allí donde parecía cerrarse su color era blanquísimo. El borde en su parte más ancha parecía una puntilla almidonada. Su dueño me lo colocaba en la oreja y en el silencio del recinto, yo, solamente yo, oía el ruido de la mar, y creía estar en otro mundo.
El caracol procedía del mar Báltico, lo había recogido posiblemente en la costa finlandesa, por eso lo llamaba el finés.
Una siesta para escuchar más claramente el ruido de la mar nos tapamos la cabeza con un pulóver y rompimos en una carcajada.
El barullo despertó al farmacéutico quien preguntó qué nos pasaba, contesté que el caracol me hacía cosquillas y que me trasladaba a un lugar desconocido. Me hizo pasar a la biblioteca y en la enciclopedia me mostró la fauna y la flora y muchos caracoles de muchos mares, uno se parecía al finés.
Una siesta entré en la farmacia, no había nadie, tomé con suavidad el caracol y lo llevé a casa. Escuché otra vez el ruido del mar. Entonces quise conocerlo, corrí a la pieza de las herramientas y tomé un martillo.

Publicado en el libro de cuentos El Carozo y el caracol, de la editorial de la Fundación La Hendija. Un buen conjunto de relatos cortos, basados en recuerdos, poesía y nostalgia componen este volumen de encantadora factura, con palabras enhebradas de tal manera que permiten una lectura sumamente placentera. De muy cuidada edición, el libro cuenta con ilustración de tapa del propio Celecia, con figuras en acuarela de un barco y una canoa, que remiten inmediatamente a la nostalgia por los viajes. En el interior, dibujos de Marina Celecia ilustran los cuentos, aportándoles un plus de belleza. Las historias son breves, sencillas, de rápido desenlace, generalmente en primera persona porque apelan a los recuerdos y sentimientos de los autores.

isla

En el río Paraná, frente a la ciudad de su mismo nombre, hay un conjunto de islas que embellecen aún más su majestuosidad natural. Una de ellas, el islote Municipal, es de reciente formación. Hubo un testigo privilegiado de esa génesis. El escritor Juan José Saer visitaba periódicamente en su casa del Parque Urquiza en Paraná a su amigo y maestro Juan L. Ortiz. En esas visitas fue testigo del nacimiento y crecimiento de esa isla. Así lo cuenta.

“Desde las barrancas de Paraná que dominan el río, la mirada abarca un horizonte desmedido, hecho casi exclusivamente de islas y de agua. De esas islas aluvionales, una bien enfrente de la costanera, en medio del río, de unos 200 metros de extensión, es fina y alargada como si, consciente de la única excentricidad de Juan L. Ortiz, hubiese querido acordar su forma al entorno íntimo del poeta. La islita se extiende de norte a sur en medio de la corriente cubierta por la vegetación enana y enmarañada típica de las islas más antiguas y más grandes, a no ser sus bordes pelados y arenosos, que a veces sin embargo están tan carcomidos por la corriente que los drena que la vegetación, aunque terrestre, parece brotar directamente del agua. De esa isla podría decir, con la misma nostalgia con que un señor ya mayor dice de una hermosa muchacha que de chica supo tenerla sobre las rodillas, que asistí a su nacimiento. Como la colina ubicua y barrosa de la cosmogonía egipcia que, brotando del agua, inaugura el mundo, esa islita apareció un buen día -o la vimos por primera vez, como el cráneo redondo y oscuro de un recién nacido saliendo desde el vientre de su madre- a finales de los años 50, desde la barranca, no lejos de la casa de Juan L. Ortiz: al principio debió haber sido una agitación leve de la corriente, que el ojo inexperto debía tomar por un remolino, formada bajo el agua por la resistencia de los depósitos aluvionales, hasta que por fin, alcanzando la superficie, habiéndose acumulado lo bastante como para llegar al ras del agua, una protuberancia marrón y lustrosa emergió al exterior y empezó a crecer. Groseramente circular, la forma alargada se fue pronunciando, modelada por la dirección de la corriente y, cuando fue lo bastante alta, tuvo sin duda la ocasión de secarse un poco, de salir del magma barroso probablemente tan arcaico como el barro mítico del primer hombre, y diferenciarse de él, ser, no todavía isla, pero tampoco sustancia informe, hasta que, sembradas por los vientos de primavera, las primeras hierbas, y las primeras plantas empezaron a brotar. Al cabo de unos años ya fue por fin isla, como todas las otras que empiezan a acumularse a medida que el río baja hacia el estuario, esas islas del Delta que sin duda contribuyen a la inmovilidad de sus aguas, ya que, profusas, inmóviles e indolentes, interfieren y frenan la corriente, induciéndola a entrar en el río de la Plata por veintidós bocas. La última vez que la vi, en la primavera de 1989, era ya, más isla, arquetipo de isla: como de alguien que hemos conocido de chico y que hemos visto crecer y que, al reencontrarlo adulto después de muchos años de separación nos preguntamos dónde han ido a parar los rasgo originales, también me pregunté cómo la diminuta protuberancia fangosa de 1960 había podido convertirse en ese arquetipo de isla”.

De El río sin orillas, de Juan José Saer.

botero-una-pareja1

 

Graciela Carmen Del Mestre

La mujer gorda está otra vez sentada en su ruinosa silla,
a la sombra de la pared de su casa pobre.
La mujer gorda está otra vez,
con el bretel negro colgando sobre su áspero, grueso y oscuro brazo.
La mujer gorda tiene todos los días el mate y la pava a su inmediato alcance.
Rectamente. Sin doblarse. Sin alterarse.
Fácil.
Está siempre ahí. Parece complacida.
Su espacioso cuello se tiende sobre los blandos pechos
que están extendidos sobre su enorme panza
que, a su vez, se expande encima de los muslos cortos y las rodillas dobladas.
Pocas veces habla. Nunca sonríe.
Siempre está acompañada.
El hombre flaco está a su lado. Usa arrugas en su cara y camisa arruinada.
Deja ver su pecho débil, insuficiente y sombrío.
Las piernas secas no lo sostienen.
Está fijo y desganado sobre el asiento con ruedas que lo auxilia y lo envilece.
La mujer gorda lo convida con un mate sosegado y necesario.
Los dos se entregan inseparables, dóciles y vulgares al reposo ilimitado
y al ocio deslucido de una tarde indolente, vasta y vulnerable.
Desvalido y prescindible, el hombre flaco acepta sin disputas su destino dependiente.
La mujer gorda en su escaso y derruido trono, es soberana perezosa en su contorno.

(A comienzos del verano podía ver a la mujer gorda y a su compañero, sentados en la puerta de su
ranchito, en calle Larramendi, al lado del puente sobre el Arroyo Antoñico. Al finalizar el verano,
la mujer gorda estaba sola. Nunca más ví al hombre flaco.) Año 2003.

Este poema recibió el Primer Premio Mayores en los Juegos Florales del Paraná Rowing Club

tapa-samaritano1

Va un adelanto del primer capítulo de la nueva novela de Fabián Reato, El buen samaritano, que ya se puede comprar en las librerías de Paraná o escribiendo un mail a fabian_reato@yahoo.com.ar

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó entre ladrones, que lo despojaron, lo hirieron se alejaron, dejándolo medio muerto. Un sacerdote bajaba por aquel camino, lo vio y pasó de largo. Igualmente un levita, que pasaba por el mismo lugar, lo vio y tomando otro camino pasó de largo. Mas un samaritano que iba de viaje, llegó donde él y al verlo se llenó de compasión; se acercó, le vendó las heridas, derramando en ellas aceite y vino; lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al mesonero diciendo: “Cuida de él y lo que gastes de más, yo, a la vuelta te lo pagaré”.
¿Quién de los tres te parece que fue el prójimo del que cayó entre los ladrones?. Y él contestó: “El que se apiadó de él”. Y le dijo Jesús: “Anda y haz tú igual”.

Evangelio de San Lucas, capítulo 10, versículos 30-37

Hay pocos como yo, samaritanos…
Charly García, “No te mueras en mi casa”

 

Están atacando a un hombre en la vereda de enfrente mientras vos, como si nada, te pintás las uñas. Ahora mismo, le están pegando piñas brutales en el estómago. Uno lo sostiene de los hombros y el otro le da sin asco. Ahora lo tiran al piso y le revisan los bolsillos. Ya huyen y el pobre tipo queda acostado en la vereda. Vos seguís tiñendo de rojo tus uñas, pensando quién sabe en qué cosas. Tal vez en tu marido, gordo y calvo, que anda por la ciudad repartiendo muestras de medicamentos por los consultorios; ¿o estarás concentrada en tu hijo, el pequeño llorón pecoso, que queda al cuidado de la niñera mientras vos venís a mi encuentro, como todas las semanas?
Nunca sé, con certeza, qué ocupa tu mente cuando te quedás muda después de que hacemos el amor. A veces, sólo te dedicás a mirar el techo y a murmurar alguna canción de la que casi siempre te olvidás la letra en la mitad. Son los minutos en los que te quedás sola, a pesar de que yo esté al lado. No hay nada que te saque de ese ensimismamiento, ni siquiera mis caricias postreras, ni mis besos suaves en el cuello o mis erecciones persistentes. Vos seguís adueñándote de esos tiempos egoístas, como si rumiaras el placer obtenido. No hacés ningún esfuerzo por incorporarme a tus cavilaciones. Por el contrario, tu rostro expresa una especie de solaz desconocido al refugiarte en tu ostracismo. Yo, de mala gana sí, te permito ese viaje hacia tu interior y te contemplo olvidado en la orilla. Inútilmente he intentado llamar tu atención, diciéndote cosas que ya habías escuchado durante el acto. O desafiándote con preguntas sobre tu pasado, tu esposo o tus anteriores amantes, pero no hay palabras que obren de conjuro y te rescaten de esa perdición en la que te sumerges. Sólo vos decidís cuándo volver y entonces me mirás como extrañada de que yo siga allí y sos capaz de preguntarme la hora o en qué estoy pensando.
-¿Qué mirás? -me preguntás desde la cama. Ya terminaste tu tarea y ahora te soplás los dedos como si te quemaran. Yo señalo hacia fuera, a través de la ventana, y veo al tipo que sigue tirado en la vereda después de la golpiza.
Te cuento del ataque y que los ladrones huyeron con rumbo desconocido, como se dice en las crónicas policiales. Sorpresivamente, te sonreís, tal cual si hubiese dicho que la tarde está agradable con ese sol benigno de otoño que pega sobre un paredón con una leyenda política prolijamente pintada. Aunque conté un hecho horrorosamente violento, vos te sonreís y luego golpeás suavemente con la palma de tu mano la sábana, cuidando no mancharla de rojo con el esmalte todavía fresco, para invitarme a que vuelva a la cama y deje de mirar hacia la calle.
-Vení -insistís- no te distraigas.
Que no me distraiga de vos, querés decir, y yo obedezco. Me echo a tu lado como un cachorro y me entretengo con tu vientre desnudo dándole caricias que disfrutás, de acuerdo a tus quejidos satisfechos. Volvés a sonreír y dejás sobre la mesita de luz del discreto cuarto del hotel el frasco con la pintura de uñas y, una vez que comprobás que están impecablemente secas, me abrazás apretándome entre tus piernas.
-¿Tenemos tiempo para hacerlo una vez más? -sugerís murmurándome al oído, y te explico que no, que a las 19 tengo que dar misa y sólo me quedan dos horas. Vos te reís otra vez, con esa risa que me deja desnudo y que me obliga a pedir perdón por ser tan torpe en el trato con las mujeres.
-¿Vos sos como los futbolistas que no pueden coger ante de los partidos? -y volvés a reírte como si la burla de esas palabras no fuera suficiente, como si no te saciara la vergüenza que siento por el engaño y por el peso de la doble traición que cometemos, puntualmente, cada siete días.
Empezamos lo nuestro (a vos te gusta que hable así de la relación. “Lo nuestro”, una abstracción que no significa nada pero que nos incluye en un plural abarcador) hace siete meses, una tarde en mi oficina de la parroquia. Llegaste a plantearme cierto problema moral que te aquejaba relacionado con un rencor hacia una cuñada que te había engañado en una cuestión de dinero. Vos hablabas de esa mujer que te pidió plata y que te dijo “no vas a pensar que justo yo te voy a joder” y vos, entonces, pensaste que sí, que justamente ella era la persona que te podía joder, pero te había ganado de mano y no te había dejado chance para una negativa. Le diste los mil pesos de la cuenta del banco, los ahorros aquellos del por si acaso, y ella, como lo habías sospechado, jamás te los devolvió. Cuando me fuiste a ver a la Parroquia, tu cuñada se estaba muriendo de un cáncer que los trágicos comentarios barriales denominan “fulminante” y, desde la cama del hospital, pedía por vos, que te acercaras a su lecho de muerte, no para devolverte el dinero (no, ya no existía, ya se había gastado y ahora hacía falta más para pagar remedios y doctores) sino para implorarte perdón por la burla monetaria. “Yo no soy creyente”, me aclaraste al final del planteamiento, “pero no sé a quién recurrir”.
No es extraño que “lo nuestro” haya comenzado a partir de una conversación sobre un engaño porque, desde entonces, la mentira ha sido el cimiento de nuestra historia en común. Vos no sos creyente, es verdad, y me lo recordás de una manera u otra cada vez que nos vemos, cuando hablamos de mis dilemas éticos sobre mis votos de castidad.
-¿Por qué va a querer Dios que te prives del amor? -es tu argumento más fuerte. Yo no respondo, me niego a interpretar la voluntad de Dios. ¿Es que acaso estoy autorizado para hacerlo?
A mí me hizo feliz tenerte en mis brazos aquella primera tarde, en el momento en que te pusiste a llorar y nombrabas a tu cuñada, a tu esposo, a tu suegra, a tu hijo. Intenté consolarte con algunas caricias en el pelo y cuando me miraste con la cara empapada no fui capaz de evitar el beso que vino después. Ignoro quién comenzó aquello (vos dirás que fui yo, a mí me parece que fuiste vos), aunque es evidente que ambos hicimos lo necesario para volver a vernos. Me acuerdo de la perpleja decepción que te transformó la expresión del rostro cuando te enteraste de que no eras la primera mujer que se acostaba conmigo. No. Ya habían pasado más de un par por este cuerpo el día que nos juntamos en este mismo cuarto, pero no te voy a hablar de ellas, no es mi costumbre ventilar mis debilidades ni dejar al descubierto a quienes se atrevieron a amarme. Tal vez, la primera vez viniste con la inquietante fantasía de descubrirme las delicias del sexo y te encontraste con un amante entrenado, al que no le sorprendieron demasiado los artificios que utilizaste para cautivarlo, sino que de cazador mutaste a presa y sucumbiste inerte a causa de mis ataques.
-Tengo que estar dentro de un rato en la parroquia para prepararme y atender confesiones -te explico y me odio por caer en la justificación, además de darte una nueva oportunidad para la chanza.
-¡Cómo me gustaría confesarme con vos! ¿Nuestra primera charla fue una confesión?
Una vez más, como tantas otras veces en las que surgió ese tema, respondo que técnicamente vos no te confesaste conmigo ya que tu intención no era hablarme de tus pecados ni arrepentirte de nada sino que pretendías aclarar algunos problemas de conciencia. Me pongo serio ante tu mirada cargada de cinismo, para demostrarte cuánto me molesta que tomes en solfa los sacramentos y los postulados de mi fe.
-No me gusta que te rías de mí -te digo y sólo logro arrancarte una carcajada de madre enternecida ante su hijito que hace pucheros por una contrariedad cualquiera. El paso siguiente es otro abrazo, tus pechos aplastados en mi pecho, tu boca buscando mi boca, tu mano jugando con mi sexo para atizar el deseo que yo intento apagar. Si te dejo avanzar un centímetro más terminaré perdido en tus dominios y ya no habrá posibilidades al escape. Por eso decido incorporarme en la cama y pedirte que te vistas. Vos tenés que irte primero. Luego, esperaré unos quince minutos para salir y así evadir sospechas.
-Un ratito más -suplicás pero ya estoy de pie, poniéndome la camisa, abrochando despacio los botones, para tener tiempo y decirte que se hace tarde, que inclusive es tarde para vos, ya que no podés demorarte demasiado. Me mirás con lástima y enojo (sólo vos sabés combinar esas dos emociones) y no te queda otra alternativa que vestirte. No vas a hablar por un rato, ya lo sé. Tu silencio será el castigo que me merezco por negarme a tus caprichos.
Me acerco a la ventana y descubro que el pobre hombre que fue atacado por los maleantes ya no está en la vereda de enfrente. ¿Se fue por sus propios medios o recibió ayuda de alguien? Siento pena por su abandono, pero sé claramente que la compasión, muchas veces, es una proyección de una velada conmiseración hacia nosotros mismos. Es que yo también me siento abandonado. No sólo por vos, Clara, que te vas cada semana hacia tu vida doméstica y de familia, sino también por el resto de las personas, por la Iglesia, por Dios.
Cuando comenzamos lo nuestro no me entusiasmó tanto el placer que podrías darme como la idea de sentirme particularmente querido. La mayor dificultad que presenta el voto de castidad es la imposibilidad de sentirse personalmente amado. Quizás, la abstinencia sexual, la veda de la actividad genital y sensual, no sería una meta quimérica si sintiéramos que hay alguien que nos considera un ser único para sus atenciones. Creo que podría prescindir de los placeres de la cama si vos (u otra persona) estuvieras atenta a mis pesares diarios, a mis angustias y soledades. Pero con vos, querida Clara, no siento eso. Tu búsqueda es diferente, al igual que tus necesidades que ya están satisfechas hasta la próxima semana.
-No podemos seguir viéndonos -te digo sin pensarlo, con esa inconsciencia que nos permite decir lo que verdaderamente sentimos. Detenés tus movimientos justo cuando estás por abrochar tu blusa y me mirás fijo, asombrada, sin entender lo que ya sabés qué dije.
-Esta fue la última vez. Perdoname, pero no puedo seguir.
No me contestás nada y terminás de vestirte con furia. Te tomás unos segundos para mirarte en el espejo, para estirarte la falda de la pollera, buscás tu cartera y, antes de abrir la puerta, te das vuelta y me mirás de frente, con un gesto que, inmediatamente, relaciono con alguna película en blanco y negro, con divas platinadas y galanes de bigotito fino: “¿Estás completamente seguro?”.
-Sí -respondo sin dudar, asombrado de mis propias certezas, escuchándome como si fuera otra persona la que habla a través de mí y, a la vez, absolutamente seguro de que, en este momento, es mi voluntad la que se impone.
Te vas sin pronunciar otra palabra, azotando la puerta.
Quedo solo en la habitación, mirando por la ventana. Te veo cruzar la calle y caminar, acelerada y furibunda, por la vereda, pisando las baldosas en donde había quedado tirado el pobre tipo que fue atacado por los asaltantes.
Espero unos minutos, siempre mirando por la ventana. Los autos cruzan por la avenida o se detienen cuando se los ordena el semáforo. Antes de abandonar el cuarto me miro en el espejo y, como todas las semanas, me pregunto si la traición que he cometido en esa tarde se me nota en la cara.
Bajo las escalares, pago el alquiler de la habitación y me voy.

 

penal-marcos1

 

Juan Carlos Gallego (*)

Tagliattini o Tagliatti, no me acuerdo bien pero algo así era el apellido, era centro half izquierdo, jugó en Morón entre el 75 y el 76, bah jugó, hizo banco todo el 75 hasta mediados del 76 que asumió como D.T. El “Panza” Bernardi, que supo jugar en Racing y en el Azteca de México, él fue el que le dio a Taglianni (no, Taglianni tampoco, pero algo así era) la gran oportunidad. Jugábamos contra Talleres de Remedios de Escalada, (en la primera vuelta los guachos nos pegaron un baile monumental) Bueno la cosa es que había llegado el momento de la revancha y ahí el Panza metió toda la carne en el asador… Bueno toda no, lo sacó al “Pelusa” Pastorelli (que hacía tres fechas que no mojaba) y lo puso de titular a Tagliarini (o algo así) pero no de centro half sino de inside izquierdo o sea casi de punta lo mandó, la verdad es que como el Panza era un tipo muy respetado y de pasado violento (tuvo una suspensión en el 66 por correr al lineman por toda la cancha con un cartel de “Botines Fulvencito” en la mano al grito de ¡¡¡a ver si éste lo ve,! mal parido hijomilputa!!!) Así que cuando dijo: Pastorelli usté va al banco, todos se quedaron mudos, Luis “Chancho” Sosa y Rolando “Pitón” Juárez se miraron pensando quién de nosotros dos entra y ahí la bomba, qué digo bomba, la bomba atómica explotó. Tagliassi (no era Tagliassi, pero era similar el apellido), un tipo que jamás la rompió en un entrenamiento, callado, casi mudo, perfil bajo, uno de esos tipos que se te pierden en una multitud de tres personas, -entra usté- ¿Yo?- si usté ¿no escuchó o e’ boludo?- No, sí escuché pero - ¿Qué pasa tiene algún problema? ¿No quiere jugá e’ cagón o que mierda le pasa?- No, sí, yo…- Bueno me va a jugá de inside izquierdo pegadito a la racha y de ahí me lo habilita al “Manso” Lope-.
Hubo varias miradas y al final el que tomo coraje fue el “Flaco” Ezquerraza, que había sido arquero suplente hasta que se lesionó el “Turco” Calayud, ahí agarró la titularidad y no la largó más, el “Flaco” tenía 29 años pero parecía de 50, pelado, con la cara curtida por el sol y un ligero encorvamiento en la columna, se para el flaco y le dice: Miré, don Panza, yo a usted lo respeto pero Tagliavinni (capaz que era…no, pero sonaba parecido) no sé si… y ahí explotó el Panza que le dice -flaco pelotudo quién carajo te creé que so ¿Amadeo Carrizo? Si queré ser ténico andá y sé ténico pero mientra yo dirija cerrá el culo-. Si te digo que no volaba una mosca te miento porque en ese vestuario si algo sobraba eran moscas, pero el silencio se cortaba con hacha, en eso entra el “Mansueto” Quiroga (Aguatero) y grita -amo mutatchos hay que salí y dompenle el odto a esod talladine puto. Ahí se paró Tagliafinni (si me apurás te digo que ese era el apellido, si lo pienso un poco capaz que no) Sale primero por la puerta del vestuario y antes de entrar a la cancha toca el pasto con los dedos índice y mayor de la mano derecha, luego se los lleva a la frente y de ahí arranca con la señal de la cruz y entra a la cancha.

Habrán ido cuatro minutos de partido cuando le llega por primera vez, la baja con el pecho, la acaricia con la planta del pie izquierdo para un lado y para el otro luego la pisa se la levanta por encima del pie al “Chungo” García (ése que después se fue a Perú a jugar en…en…bueno no me acuerdo pero en Perú era) y lo dejó estaqueado, antes de entrar al área grande y sin ángulo (qué sé yo, a un metro de la línea ponele que estaba) sacó un chutazo que reventó el travesaño, tomó el rebote el “Manso” López y (cuando no) la mandó a guardar, el Manso en pleno festejo fue a abrazarlo a Tagliaggini (no, me parece que había uno con ese apellido en la Sampdoria) y el tipo le estiró la mano para saludarlo, juro por mi abuela Neta que en mi vida vi en un partido de fútbol alguien que salude así a un compañero, era como si alguien los estuviera presentando, José le presento a Juan, Juan le presento a José, el Manso se quedó como cortado pero antes de que pudiera reaccionar tenía a medio equipo del gallito arriba de él festejando, la cosa siguió más o menos pareja con un par de llegadas de talleres hasta que en una salida de Morón la toma Taglia…Taglia…(lo tengo en la punta de la lengua) en el círculo central lo ve adelantado al arquero y le pega de ahí. El tiempo se detuvo, hasta el cocacolero dejó de vender y se dio vuelta para el lado de la cancha, ahí éramos unos 3.500 tipos mirando cómo la pelota lo supera al arquero y empieza a caer en picada sobre el arco, apreté tan fuerte las manos que el chori se me desintegró, la pelota cayó a medio metro de la línea de gol, picó, pegó en el travesaño y salió, el uhhhhhh!!! salió de todos los rincones de la cancha, no habían pasado tres minutos cuando tira una gambeta larga deja al stopper en el camino apunta al arco y ahí lo traba el “Zurdo” Samarripa la pelota sale igual para adelante y se estrelló…sí, contra el travesaño, ahí se empezó a escuchar cada vez más fuerte en la tribuna -¿Che y ese coso quién es? Me parece que es uno que trajeron de Atlético Ledesma en Altos Hornos Zapla,- no gil, dijo el gordo Artussio, ése vino de Desamparados de San Juan y está hace un toco en el club se llama Tagliachinni o algo así.

Se fueron al vestuario y antes de que el Panza empezara la charla técnica salta el “Ardilla” Chamorro y le grita che Tagliatitti qué mala leche con lo palo ¿no?… si las miradas cortaran, el Ardilla quedaba más decapitado que María Antonieta. -Ardilla porque no te meté la lengüita en el upite (acotó sutil el Panza) y arrancó la charla.

Salieron a la cancha, tocadita al pasto, señal de la cruz y Tagliallinni (pudo haber sido Tagliayinni también) se ubica en su posición y cinco minutos después lo habilita a “Perón” Andrada y gol del Gallo, festejo de Morón y tranquilidad ya que ganaba 2 a 0 y lo tenía dominado pero el fútbol tiene esas cosas (esa frase no es mía, aviso para que nadie se confunda) dos contragolpes y nos empataron 2 a 2 y no nos embocaron el tercero porque el “Flaco” se disfrazó de Fillol y la mandó al córner. El partido se terminaba y ya bajaban algunas puteadas para nuestros jugadores, desde nuestra propia hinchada obvio, en eso la agarra el “Chancho” Sosa que había entrado en el segundo tiempo por el “Tata” Manrique y se la toca a Tagliachingo (no se llamaba así, eso lo inventé yo nomás) el loco amaga pegarle de afuera, el cuevero se come el amague, tira la gambeta y ahí lo cruza el “Tano” Pellicori, (si el tipo hace eso afuera de una cancha le encanutan cinco años en Devoto por la cabeza) el Taglia…nosecuanto se cayó como un barrilete en un sótano, el árbitro Sebastián Mendazabal le puso roja y le hizo señas al camillero de Morón, en eso se para Tagliaminni (no, ese apellido seguro que no, seguro) y dice -lo pateo yo-, dejalo al Turco que…´-dijo Lope, -lo pateo yo dije-, agarró el balón lo acomodó y se fue rengueando para atrás, ahí fue cuando me fijé que tenía la rodilla para el otro lado ¡¡¡tenía la pierna quebrada!!! que diosito me castigue y nos mande al descenso si miento. No se escuchaba ni la propaganda de vino Peñaflor que nos había taladrado por los altoparlantes todo el partido, el silencio era total, lo miré al Panza que le miraba la rodilla a Tagliachitti (mnnn..no) y éste miraba la pelota, fue a dar un paso y temblequeó pero nadie se atrevió a decirle de nuevo dejá que yo pateo, se paró firme tomo carrera se mandó un pique y la pateó con el alma. En ese segundo cayó desmayado, jamás vio, jamás, que la pelota pasaba por arriba de la barrera, pegaba en la parte inferior del travesaño y entraba, fue quizá el gol más gritado en la historia del club.

Tagliadinni (no ese es otro que jugó en Banfield) tuvo desplazamiento de rótula y rotura de ligamentos cruzados, estuvo 11 meses “parado” engordo 8 kilos y jamás volvió a jugar profesionalmente, pero hoy es una leyenda. Quién se puede olvidar de ese exquisito jugador que fue “travesaño” Taglia…Taglia…Taglia… Taglia era seguro, pero terminaba en … ¿podés creer que lo tengo en la punta de la lengua? Taglia…
(*) Actor, director y docente teatral. Además, escritor.

 

 1909_celebration_f1481_0321

 

Fragmento de Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, de Charles Darwin

5 de octubre
Cruzamos el Paraná para ir a Santa Fe Bajada, población situada en la orilla opuesta. El paso nos costó algunas horas, porque el río aquí se compone de un laberinto de pequeños ramales de agua, separados por islas bajas y boscosas. Llevaba una carta de recomendación para un anciano español catalán, que me trató con la más desusada hospitalidad. Bajada es la capital de Entre Ríos. En 1825, la ciudad contenía 6.000 habitantes y la provincia 30.000; más, a pesar de su escasa población, ninguna provincia ha sufrido revoluciones más sangrientas y obstinadas. Se ufana de poseer diputados, ministros, un ejército permanente y gobernadores; de modo que no son de extrañar las frecuentes perturbaciones del orden público. Con el tiempo será una de las regiones más ricas de La Plata. El suelo es variado y fértil, y su forma casi insular la provee de dos grandes líneas de comunicación por los ríos Paraná y Uruguay.
Me detuve aquí cinco días y me dediqué a examinar la geología del país de los alrededores, que era verdaderamente interesante. Aquí he hallado, en la base de los riscos, lechos que contenían dientes de tiburón y conchas marinas de especies extintas, y de esos lechos se pasaba, ascendiendo, a una capa de marga endurecida, que a su vez degeneraba en la tierra arcillosa de las Pampas, con sus concreciones calcáreas y huesos de cuadrúpedos terrestres. Esta sección vertical nos habla claramente de una amplia bahía de pura agua salada y gradualmente robada al mar, y convertida al fin en el lecho de un estuario cenagoso, al que fueron arrastrados los cadáveres flotantes. En Punta Gorda, en Banda Oriental, hallé una alternancia de depósito estuárico pampeano, con una caliza que encerraba algunas de las mismas conchas marinas extintas, lo cual demuestra o un cambio en las primeras corrientes o, más probablemente, una oscilación de nivel en el fondo del estuario antiguo. Hasta hace poco, las razones que tenía para considerar la formación pampeana como un depósito estuárico eran: su aspecto general, su situación en la desembocadura del gran río actual, el Plata, y la presencia de tantos huesos de cuadrúpedos terrestres; pero ahora el profesor Ehrenberg ha tenido la amabilidad de examinar por encargo mío un poco de la tierra roja tomada del fondo bajo del depósito, junto a los esqueletos del mastodonte, y ha descubierto en ella muchos infusorios, con formas en parte de agua salada y en parte de agua dulce, preponderando más bien las últimas, y, por tanto, según observa, el agua ha debido de ser salobre. M. A. d´Orbigny halló en las riberas del Paraná, a la altura de 30 metros, grandes lechos de una concha de estuario ahora viviente cien millas más abajo y más cerca del mar, y yo he hallado conchas semejantes a menor altura en las márgenes del Uruguay. Esto muestra que precisamente antes que las Pampas se elevaran bastante, hasta quedaron convertidas en tierra seca, el agua que las cubría era salobre. Debajo de Buenos Aires se han elevado lechos de conchas marinas de especies existentes, lo que también prueba que el período de elevación de las Pampas estuvo comprendido en el período reciente.
En el depósito pampeano de la Bajada encontré la armazón ósea de un animal gigantesco parecido al armadillo, cuyo interior, cuando se secó la tierra que contenía remedaba la forma de una gran caldera, y también hallé dientes del Toxodon y mastodonte, junto con el diente de un caballo, todos ellos carcomidos y pasados. El último me interesó grandemente, por lo que tuve escrupuloso cuidado de comprobar con toda certeza el hecho de haber quedado sepultado al mismo tiempo que los otros restos, porque a la sazón ignoraba que entre los fósiles de Bahía Blanca hubiera ningún diente de caballo oculto en la roca de origen, ni tampoco se sabía entonces con certeza que abundaran en Norteamérica los restos del caballo. Mr. Lyell ha traído a Europa, de los Estados Unidos, un diente de dicho animal y es interesante que el profesor Owen no pudiera hallar en ninguna especie, fósil o reciente, una ligera, pero peculiar curvatura que le caracteriza, hasta que pensó en compararlo con mi ejemplar aquí hallado. Owen ha llamado a este caballo americano Equus curvidens. ¡Ciertamente es un hecho maravilloso en la historia de los mamíferos que en Sudamérica haya vivido y desaparecido un caballo indígena, sucedido en edades posteriores por las incontables manadas descendientes de los pocos introducidos por los colonos españoles!
La existencia en Sudamérica de un caballo fósil, del mastodonte, posiblemente de un elefante, quizá de un rumiante de cuernos huecos, descubierto por los señores Lund y Calusen en las cavernas del Brasil, son hechos altamente interesantes con respecto a la distribución geográfica de los animales. Al presente, si dividimos a América no por el istmo del Panamá, sino por la parte meridional de Méjico, a los 20′ de latitud, donde la gran meseta presenta un obstáculo a la emigración de las especies, modificando el clima y formando, con la excepción de algunos valles y de una franja de tierra baja en la costa, una ancha barrera, entonces tendremos las dos provincias zoológicas de la América del Norte y la América del Sur, como el puma, zarigüeya, kinkajú y pecarí. Sudamérica se caracteriza por tener muchos roedores peculiares, una familia de monos, la llama, pecarí, tapir, zarigüeyas y especialmente varios géneros de desdentados, orden que incluye los perezosos, hormigueros y armadillos. Norteamérica, por otra parte, se caracteriza (dejando aparte algunas pocas especies errantes) por numerosos roedores peculiares y por cuatro géneros (el buey, la oveja, cabra y antílope) de rumiantes de cuerno hueco, de cuya gran división no se sabe que Sudamérica posea una sola especie. Antiguamente, pero dentro del período en que vivían la mayor parte de las conchas hoy existentes, Norteamérica poseyó, además de los rumiantes de cuerno hueco, el elefante, mastodonte, caballo y tres géneros de desdentados a saber: el Megatherium, Megalonyx y Mylodon. Casi en ese mismo período (como se ha probado por las conchas de Bahía Blanca) Sudamérica tenía, según hemos visto poco ha, un mastodonte, un caballo, un rumiante de cuerno hueco y los mismos tres géneros de desdentados, así como varios otros. De donde se infiere evidentemente que la América del Norte y la del Sur, al poseer, dentro de un último período geológico, estos varios géneros en común, estaban más estrechamente relacionadas que ahora en cuanto al carácter de sus habitantes terrestres. Cuanto más reflexiono sobre este caso, tanto más interesante me parece: no conozco otro ejemplo en que casi podamos señalar el período y manera de dividirse una gran región en dos provincias zoológicas bien caracterizadas. El geólogo que esté profundamente penetrado de las vastas oscilaciones de nivel que han afectado a la corteza terrestre en los últimos períodos, no hallaría inconveniente en meditar sobre la reciente elevación de la altiplanicie mejicana, o, más probablemente, sobre la reciente sumersión del país en las Antillas, como causa de la presente separación zoológica de la América del Norte y la del Sur. El carácter sudamericano de las Antillas, por lo que se refiere a los mamíferos, parece indicar que este archipiélago estuvo antiguamente unido al continente meridional, habiendo sido en época posterior un área de sumersión.

12 de octubre
He intentado prolongar mi excursión más allá; pero, no sintiéndome enteramente bien, me he visto precisado a regresar en una balandra, o sea en un barco de un solo mástil, capaz de cargar cien toneladas, poco más o menos, que iba destinado a Buenos Aires. Como el tiempo no estaba bueno, tuvimos que amarrar, al venir la madrugada, a la rama de un árbol en una de las islas. El Paraná está lleno de ellas y pasan por una constante alternativa de decadencia y renovación. El patrón del barco recordaba haber visto desaparecer varias de las grandes y formarse otras nuevas, que se habían cubierto de una protectora vegetación. Se componen de arena cenagosa, sin la menor piedrezuela, y a la sazón se levantaban poco más de un metro sobre el nivel del río; pero se inundan durante las avenidas periódicas. Todas presentan el mismo carácter, es a saber: numerosos sauces y algunos otros árboles enlazados unos a otros por una gran variedad de plantas trepadoras, dando por resultado una frondosa manigua. Estas espesuras suministran un refugio a los capybaras y jaguares. El miedo a los últimos ha dado al traste con todo el placer que me prometía de internarme en el bosque. Esta tarde, no bien había andado cien metros, cuando hallé señales ciertas de la reciente presencia del tigre, viéndome obligado a retroceder; en todas las islas se veían rastros; y como en la excursión precedente el motivo de la conversación fue “el rastro de los indios”, así ahora lo fue “el rastro del tigre”.
Las riberas frondosas de los grandes ríos parecen ser las guaridas favoritas del jaguar; pero al sur del Plata se me dijo que frecuentaba los cañaverales de los bordes de los lagos. Juzgando por estos hechos, diríase que la fiera necesita agua; pero sin duda la afición a esos sitos proviene de hallar en ellos los animales que le sirven de alimento. Su presa más común es el Capybara; de modo que, al decir de la gente, donde abunden los Capybaras no hay que temer al jaguar. Falconer afirma que cerca de la parte meridional de la desembocadura del Plata hay muchos jaguares, y que éstos se alimentan principalmente de peces, y así lo he oído repetir. En el Paraná ha matado a numerosos leñadores, y hasta asaltado los barcos por la noche. Un hombre que ahora vive en Bajada, subiendo de allí en una embarcación por la noche, se vio de pronto en las garras de un jaguar que había saltado al puente, y aunque escapó con la vida, perdió para siempre el uso de un brazo. Cuando las avenidas arrojan de las islas a estos animales, son peligrosísimos. Me contaron que pocos años antes un jaguar enorme había penetrado en una iglesia de Santa Fe; dos padres que entraron uno tras otro, fueron muertos por la fiera, y un tercero que acudió a enterarse escapó con dificultad. Se mató a este jaguar a balazos, desde un ángulo del edificio, que no tenía tejado. En esas épocas causa también grandes estragos en el ganado vacuno y caballar. Dicen que mata las presas desnucándolas. Si se los ahuyenta de los cadáveres de sus víctimas, rara vez vuelven a buscarlos. Refieren los gauchos que cuando el jaguar merodea por la noche se ve acosado por los zorros, que le siguen aullando. Es curiosa la coincidencia de este hecho con lo que se afirma generalmente de los chacales, que acompañan con análoga oficiosidad al tigre de la India.
….

Publicidad
Documento sin título

 Powered by Max Banner Ads 
Encuestas

¿Asistió a algún espectáculo artístico local en los últimos 15 días?

  • No (75%, 3 Votes)
  • (25%, 1 Votes)

Total Voters: 4

Cargando ... Cargando ...
Contacto
Director: Fabián Reato laurentinodigital@gmail.com