Archivo de la categoría ‘Emma Sáenz’

PE-111-0178Callate. Resulta que estaba el miércoles mirando la tele (viste que Susana almorzó con Mirtha, un acontecimiento histórico que una no podía perderse) y en eso me suena el teléfono. El de verdad, no el celular porque si fuera ése directamente no lo atiendo. La cosa es que yo no me podía despegar de la pantalla porque justo, justo Mirtha le estaba preguntando a Susana si era cierto que andaba de novio con el muchacho tenista ese. ¿A vos te parece? Una señora grande que ya es abuela y andar besuqueándose con un chico de 20 años. Igualmente, yo te digo que a mí Susana me encanta pero me parece que siempre se equivoca con sus novios. ¿Te acordás de Roviralta, que después casi lo mata con un cenicero? ¿O el uruguayo ese que según dicen anda en el submundo de la droga? No, será muy linda y muy simpática pero me parece que esa muchacha se ha equivocado mucho y se va a seguir equivocando si es que se casa con el tenista.
Pero te decía, Mirtha le estaba preguntando eso cuando sonaba y sonaba el teléfono y bueno, yo me dije no vaya a ser que sea una desgracia así que fui y atendí. ¿Sabés quién era? Mi sobrino, el Roque, el hijo de mi prima Marcela. Bueno, un muchacho que se fue hace años a Buenos Aires a estudiar medicina o algo así y nunca más vino por Paraná. O si vino yo nunca lo había visto de nuevo. La cosa es que me dice Emma, cómo andás. Y yo que no sabía ni quién era, porque las voces viste que cambian como las caras. Para mí que se arrugan y todo. Vos sabés que una vez leí por ahí que hay una cirugía estética para las cuerdas vocales. De verdad, te hacen una cosa acá en la garganta que te deja la voz como si tuvieras 20 años.
Pero bueno, era el Roque y me dijo: “Soy yo, Roque”, con una tonadita porteña que ni te cuento, y a mí me agarró como una emoción tan pero tan profunda que no sabía qué contestar.
“Y acá ando, visitando a mi madre y te quería ir a ver a vos. Ando con mi pareja”, me contó y yo chochísima así que le dije que pasara cuando quisiera. Cortamos y ahí no más me puse a prepararme. Que a bañarme, que buscar la ropa, que arreglarme el cabello, que volver a bañarme porque transpiré de los nervios, que cambiarme de nuevo porque me veía como una crota. En fin, y dale con la escoba para repasar los pisos, trapear los muebles, limpiar el baño, ir a comprar masitas para el mate, y leche por si Roque tenía chicos.
Porque yo ya ni idea tenía del Roque ni qué había sido de su vida. El chico había sido siempre tan reservado y correcto. Me acuerdo que sacaba nada más que 10 en la libreta y que estudió piano y teoría y solfeo. Tan correctito, tan obediente, tan prolijito. Nunca un problema para los padres. Un hijo modelo, de los que no hay. Cariñoso, respetuoso, educado. Yo lo quería como el hijo varón que nunca tuve, de verdad.
Por eso me preocupaba tanto en que todo estuviese bien en la casa. No tanto por él, mi vida, que siempre fue tan sencillo, sino por su pareja. Yo decía: se casó con una bruja porteña creída que me va a criticar todo el tiempo.
La cosa es que tipo 4 de la tarde suena el timbre y yo salí corriendo a atender. Abro la puerta y lo veo al Roque: más gordo, un poco pelado, pero lindo como siempre. Me abrazó y me decía tía Emma, tía Emma. Se emocionó, el pobre. Yo también un poco, no te voy a decir que no. Pasá, pasá, le decía yo. Y ahí me doy cuenta que andaba con otro señor, de su edad más o menos. Pasen, pasen, les dije entonces.
Y nos sentamos en el living a conversar un rato. Yo ya tenía el mate preparado, con las masitas y todo. Entonces me di cuenta, porque viste que yo boba no soy, que tal vez no les gustaba el mate, porque a los porteños les gusta más el café y esas cosas.
“Pero no, tía, si nosotros tomamos mate”, me dijo el pobrecito.
matrimonioY hablamos del calor, de la humedad, las inundaciones, Susana y Mirtha, y en un momento se hizo uno de esos silencios que te agarran cuando ya se acabó el tema del tiempo y de los precios, y vos empezás a decir qué se le va hace, qué cosa no.
Entonces yo que siempre sé llevar una conversación con soltura, como hace Mirtha, le preguntó: “¿Y tenés chicos”? Y Roque que se asusta un poco, porque parece que no le gustan mucho los chicos o algo así. Y después me dice: pero no tía, no sé tal vez adoptemos más adelante. Y entonces me di cuenta que no podía seguir hablando del tema porque por ahí había algún problema de esos de fertilidad, pobre gente.
Y él que me pregunta por mis plantas, y yo que le pregunto hasta cuándo se queda, y él que me dice que para el verano seguramente vuelvan, y yo que le digo que tengo ganas de ir a Carlos Paz, y él que me dice que la ciudad está más grande, y yo que le digo que Susana no puede andar con el tenista ése porque podría ser su nieto.
Otro silencio.
Entonces le pregunto si no tenía fotos de su casamiento y él que me dice que fue una ceremonia sencilla en el registro civil, con algunos amigos, nada más.
“Es una unión que por suerte se permite en Buenos Aires. Ahora estamos tratando que haya una ley de casamiento a nivel nacional“, me dijo.
Claro, le contesté yo pero no entendí ni jota. ¿Pero qué ley le está haciendo falta para casarse? Tal vez se cambió de religión o algo así.
La cosa es que el otro muchacho empezó a mirar la hora y después le dijo a Roque que tenían que irse a preparar el equipaje. Se ve que son muy amigos, qué lindo.
Entonces, Roque se paró, se emocionó de nuevo, me abrazó, me besó, me prometió que volverían a visitarme, a comer, a pasar la tarde, que yo podía ir también a visitarlos a Buenos Aires.
Y yo que le decía que sí, que como no, que en cualquier momento.
“Tía, gracias. Esto para mí es muy importante”, me dijo. ¡Mi vida! Y yo que también, que por supuesto, que después de tanto tiempo.
Les abrí la puerta y se subieron al auto. Casi me iba para adentro cuando me acordé. Salí desesperada a la vereda y le alcancé a gritar: “Saludos a tu señora”.
No sé si me entendieron porque ya estaba el motor en marcha, pero pusieron una cara de sorpresa bárbara.

 

Por Emma Sáenz

emma2Callate. No va que viene la nena a visitarme y me dice: “Ay, mamá que olor a pis que hay en la puerta”. Yo que me puse como loca. Me fui corriendo hasta la vereda y no me vas a creer si te digo que la hediondez no se podía aguantar.
¡Ese es el perro de doña Pocha!, la vieja de al lado. Doña Pocha es la mujer esa que vive para el lado de la despensa, que tendrá uno o dos años más que vos. La cosa es que con la nena nos pusimos a echar agua, lavandina, detergente, desodorante y todo lo que se te ocurra. Fregamos la puerta, la vereda, hasta la calle, te juro. La nena me hizo echar vinagre porque dice que así se espantan a los perros. La cosa es que terminamos y nos pusimos a tomar unos mates en el living, mientras charlábamos y mirábamos la tele.
Cuando la nena me dice que se tenía que ir porque ya era la hora del turno en la peluquería, la acompaño hasta la puerta y no me vas a creer: el desgraciado del perro había vuelto a mear la puerta. No sólo eso, no señor, no se había conformado con levantar la pata, sino que ahí mismo ensució con otra porquería más asquerosa.
La nena que me dice que no me puede ayudar a limpiar porque se le hacía tarde y yo que le digo que no se haga problema, que vaya nomás. Vuelta a baldear y a trapear, a tirar desodorante y lavandina, con una rabia que te digo que estaba que echaba espuma por la boca.
Hasta la noche estuve hablando sola, puteando al perro desgraciado y deseándole que se le abiche el pito, que tanto. Si una no molesta a nadie, si apenas saludo y sigo de largo cuando camino por el barrio, no hay derecho a que a una le pase eso, como si no pagara mis impuestos ni cumpliera con la ley. Ni me podía dormir de la rabia, te juro, y daba vueltas y vueltas en la cama y no me podía sacar de la cabeza la imagen del animal ensuciando la puerta y la vereda.
Al otro día, cuando me levanto, antes de prepararme el mate me fui derecho a la puerta de calle porque estaba segura, segura, segura que el perro ese había hecho de la suya. Y así fue. Antes de abrir ya se sentía el olor de tan fuerte que era. Así que vuelta a limpiar y tirar agua, y a trapear. Cuando terminé, me senté a tomar unos mates pero no podía ni tragar, te juro. Así que me fui hasta la casa de doña Pocha.
Mire doña Pocha, resulta que su perro me ha agarrado la puerta como baño. Le agradecería si usted lo puede tener encerrado, como corresponde, para que no ande molestando a los vecinos, le dije. Y la muy desfachatada se me enoja y me sale con que jamás de los jamases su perro ensuciaba la casas ajenas de los demás, y que siempre estaba encerrado y que en el caso que el animalito de Dios quisiera salir a hacer sus chanchadas, ella misma lo llevaba con correa, como corresponde a un perrito de su casa.
corgi_perroPara no pelearme, porque viste que yo soy una persona pacífica que ama la paz y que no le gusta andar peleándose con los vecinos de al lado, me retiré diciéndole que bueno, que si ella estaba segura, que seguramente sería alguno de esos perros callejeros que andan en la calle.
La cosa es que yo no me quedé muy convencida, así que me metí en la casa y me quedé pegadita a la ventana que da a la calle, espiando escondida. Pasó una hora, nada. Dos horas, nada. Ya me había cansado así que me traje una silla y me acomodé tranquila a esperar. Y no me vas a creer cuando menos lo esperaba sucedió lo inesperado: apareció el pulguiento del perro de doña Pocha. Mirá, si será zorro el perro que fue derechito, derechito a la puerta de entrada y ahí nomás levantó la pata y se echó una, con un chorro largo que parecía que no terminaba nunca. Salí con todo, como volando y el bicho parece que escuchó porque cuando abrí la puerta ya se había ido disparando para su casa.
Entonces, me le voy a doña Pocha y con la mayor amabilidad amable que tengo, le dije clarito: mire doña Pocha, era su perro nomás porque lo vi yo misma con mis propios ojos. Que no, que el pichicho jamás se movió de su sillón en el living, que esa situación era muy embarazosa, que nunca jamás en la vida pensó que iba a tener que pasar por una cuestión así. La cosa es que yo le dije que estaba bien pero mejor que lo dejara encerrado al animal y me fui.
Le hablo a la nena para contarle todo lo que había pasado pero no estaba, y me atiende mi nietita. Me dice: “Pero abu, sacale una foto con el celular” Y fijate vos que tenía razón, por fin le iba a dar un uso a ese aparatito que ni sabía bien para qué lo tenía. Y de nuevo, me le instalo en la ventana del living a esperar. Toda la tarde, y nada. Y claro, si el asqueroso ya se había meado todo, se había quedado sin ganas. Hasta que por fin, lo veo que llegaba rapidito, rapidito, a los saltos porque se ve que se meaba y levantó la pata y se echó uno que duró como 15 minutos, así que me dio tiempo de sacarle varias fotos. Después no le alcanzó con eso, sino que también hizo lo segundo, como si nada. Así que le saqué fotos en todas las poses y situaciones. Mirá, tenía tantos asco que casi vomito, pero cuando me superé un poquito semejante asquerosidad me le voy de nuevo a doña Pocha y le digo: mire doña Pocha, yo sé que la realidad puede ser dura pero hay que aceptarla, más que nada cuando hay pruebas contundentes. Y le chanto las fotos en la jeta. Ay, que yo sin anteojos no veo nada, que esos aparatos modernos de ahora no se entienden, que patatín que patatán. Pero mire, mire, le decía yo, si ahí se ve clarito que es su perro. Yo no veo tan clarito, que puede ser cualquier perrito que anda por ahí, que hoy en día le meten fotochop a cualquier cosa, que no hay más que mirarla a la Susana que en las fotos parece una pendeja y la ves en vivo y en directo y da lástima la pobre.
perro-meando-copia¡Pero qué me importa la Susana!, le grité yo. Se ve clarito que es el propio perro de usted el que está cagando en la puerta de mi casa. Qué tanto. Me dijo que en esos términos ella no hablaba con otra persona y me cerró la puerta en mis propias narices mías.
Me volví a mi casa temblando de rabia, te juro. La llamo a mi nena y me dice que le mande una carta documento. “Pero, ¿ te parece nena?”, le digo yo. La cosa es que ella me dice que se iba a ocupar, que le iba a hablar a su abogado para que la escribiera. La cosa es que yo me olvidé del tema de la carta pero no de la meada, que cada día, te juro aparecía puntualmente en la puerta.
La cosa es que otro día me golpean la puerta. Abro y estaba un cartero que me traía la respuesta de la carta documento y me decía que rechazaba lo que yo le decía, que por esto y aquello. Vuelta a llamar a la nena, vuelta a ir al abogado, vuelta a mandar otra carta. Y después que presentarse en una audiencia, que después declarar y jurar, que hay que ir a un mediador del defensor del Pueblo, que si a ver si se llega a un acuerdo, que cuáles son las alternativas y no sé qué más. Hasta que un día, me cansé, te juro. Me fui al dormitorio, al primer piso y ahí me quedé espiando por la ventana y cuando lo vi llegar al inmundo perro, desde allá arriba le zampé un baldazo de agua que ni en toda su vida se imaginó. Se pegó un julepe que ni te cuento. Y al otro día, otro. Y así. Pero como no aprendía ni se daba por vencido, me puse a planchar, al lado de la ventana y la dejé ahí arriba. No va que justo, justo, justo se me cayó cuando el pobre perrito estaba echando su meada. Fue la última, te juro. Le dio seco en la nuca. Cuando doña Pocha fue a reconocer el cadáver casi que no lo conoció, te juro, de tan achatadita que tenía la cabeza.
Y bueno, qué se le va a hacer. Ese sí que no jode más.

 

emma1

Callate. Resulta que estuve una semana en cama y nadie supo decirme bien qué es lo que tenía. Que un virus, que un atracón, que el estrés, y no sé cuánta cosa. Mi yerno, viste vos que es médico, me decía que estaba entre la Gripe A y el dengue. Fijate vos, tan luego yo que siempre viví en el centro y en una casa limpia voy a estar teniendo esas pestes. Pero mi yerno que me dice que los tiempos cambiaron y que ahora una ya no se muere de las cosas comunes que se moría antes sino que vinieron todas esas enfermedades que trajeron vaya a saber quiénes y que también afecta a la gente común. La cosa es que estuve siete días hecha un trapo.
Aproveché a mirar televisión como nunca. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Y a la final comprobé que a pesar de que sacaron la ley esa de los medios, Mirtha sigue con sus almuerzos. Y yo tenía un miedo que a la pobre mujer la dejaran sin comer en la tele y haciendo esas preguntas que sólo ella hace y que deja a todos con la boca abierta. Pero mi nena me dice que no me haga ilusiones porque todavía falta no sé qué cosa y que más adelante vamos a terminar mirando canal 7 o a Chávez con sus discursos. Yo ni loca, te digo. Más vale me pongo a aprender a manejar la computadora y me pongo a chatear por la internet.
La cosa es que con tanto mirar la tele todo el día lo vi como 500 veces a Maradona diciendo esas cosas. ¿Vos lo escuchaste? Parece mentira que semejante ser nos represente ante el mundo y ande diciendo que me la chupen y esas cosas que dice. Ese chico está perdido, se ve que las drogas le dejaron el cerebro a la miseria.
Pero bueno, yo horrorizada y no quería escuchar más semejante groserías. Entonces, la llamo a la Pocha y le digo que no podía creer lo que estaba escuchando con mis propios oídos. Y ella como si nada me dice que así hablan los chicos modernos de ahora, que no me hiciera tantos problemas. Viste que ella ahora está coqueteando con un viejo verde que conoció en el consultorio del médico y por eso se hace la superada. Entonces, le corté el teléfono, qué tanto. No voy a andar soportando ese tipo de comentarios. Así que la llamé a Luciana, mi nietita y le comento que estaba horrorizada por lo que estaba escuchando del tipo ese. Y la chiquita que me dice: “Que la sigan chupando, que la sigan chupando, lará lará lará”. Eso es porque mi nena la deja mirar tanta tele y no le pone límites.
A esa altura no sabía a quién llamar, entonces se me ocurrió llamar al padre Marcos, viste el de la capilla allá del barrio adonde fuimos para el Día del Niño. Y le digo, padre esto es un desastre. Y él que me dice ni me hable, Emma, cada vez peor. Por fin alguien que me comprendía. Le digo que había que hacer algo para que Maradona deje de hablar, por lo menos por la tele, y él que me sale con que la pobreza creció un no sé cuánto por ciento y que con el comedor comunitario no daban abasto. Y dale con los pobres, pensé yo, pero le dije a todo que sí y después le corté.
maradonaAsí estaba yo, te darás cuenta, en mi más profunda soledad solitaria, hasta que se me ocurrió que podía hablar con alguien que sí me iba a comprender y lo llamé al Pancho. ¿Te acordás? Ese señor tan bueno que un día vino a arreglar la canilla del baño que goteaba y al final se quedó conversando conmigo no sé cuánto tiempo. La cosa es que lo llamo y le digo: mire don Pancho, no lo estoy molestando por sus servicios profesionales, que fueron tan útiles por cierto, sino por una angustia solitaria y sin nadie que me embarga en este momento (la pucha que hablo lindo cuando quiero). Y ahí no más le comienzo a explicar dándole explicaciones, pero, imaginate, no quería andar pronunciando en voz alta las palabras esas, tan feas por supuesto. Y le dije que nadie me entendía, que una se siente sola cuando eso pasa, que prendés la tele y escuchás que la sigan mamando y esas cosas y que después de recurrir a tanta gente inútilmente se me había ocurrido en el cerebro llamarlo.
Y don Pancho que se queda mudo del otro lado de la línea telefónica del teléfono y me dice que si yo quería él podía venirse hasta mi casa así hablábamos personalmente en persona. Y yo que no veía un ser humano desde hacía una semana le digo que pero bueno, que se venga nomás personalmente así nos entendíamos mejor.
La cosa es que Pancho se vino para acá y yo que le abro la puerta lo más contenta. Ya había preparado unos mates y había puesto unos bizcochitos con grasa sobre la mesa. Nos sentamos a conversar que de los precios, que de los baches, que de los políticos y de la inseguridad que hay en la calle. Pero cuando voy a calentar la segunda pava de mate, ese hombre como que se me viene encima y me mete una mano por acá. Te juro, ahí cerca. Y yo que lo miro y le digo don Pancho, qué le está pasando, porque no entendía nada. Ahí como que se alejó un poco, pero al rato ahí no más se me viene encima.
Don Pancho, usted me parece un hombre respetable que merece respeto pero yo soy una señora y creo que está pasando algunos límites. Reconozco que estar sola con una mujer en un ámbito cerrado lo lleva a uno a perder la cabeza, pero a mí me toca, como mujer femenina que soy, poner algunos límites. Si una no se da su lugar, quién lo va a hacer. Lo nuestro podría llegar a ser una situación de amistad, aunque me cueste creer que exista la amistad entre el hombre y la mujer, pero bien podríamos charlar y tomar unos mates como dos personas civilizadas que somos. Que mejor que vuelva su lugar en la mesa.
Se quedó mudo, de una pieza. Me miró como sorprendido y ¿sabés qué me dijo? ¡Seguila mamando!
Ese Maradona está arruinando el lenguaje y el idioma castellano, sin dudas.

emma

Emma Sáenz

Callate. Vino la nena a visitarme y me puso tan contenta que casi me muero de la emoción. Entró como una tromba y casi ni un beso me dio. “¡Poné TN! ¡Poné TN!” Y yo casi que me desmayo del susto, porque viste vos con eso de que TN se pasó el domingo transmitiendo en vivo el velorio de Mercedes Sosa (que Dios la tenga en la Gloria, porque te voy a decir que a pesar de que era comunista, a mí me gustaba como cantaba. Además, siempre que iba a lo de Mirtha la trataba con mucho respeto). Entonces, yo dije ¡otro muerto ilustre! Y no, mirá vos por suerte era que había una movilización por la ley esa de los medios de comunicación que tanto le preocupa a la nena.
Había un montón de gente, millones te voy a decir, aunque yo no soy buena para calcular, vos viste, pero lo importante que era toda gente y no esos que van a los actos políticos por el choripán y el litro de vino. No, para nada, era gente como cualquiera que se ve que eran todos autoconvocados, como es la gente de bien y de trabajo.
Resulta que yo miraba y miraba y no entendía por qué tenían una X de cartón en la boca y le pregunto a la nena.
bergman“Es por la censura, mamá”, me contestó muy nerviosa, viste como se pone ella cuando quiere escuchar algo y una la habla. La cosa que el que estaba discurseando era ese muchacho Bergman, que si no fuera por el gorrito de colores y la cara de judío que tiene ni cuenta te das que es rabino.
¡Cómo habló, vos vieras! Parecía un cura más que un rabino. Que la libertad, que la ley, que la democracia, y no sé cuántas cosas más.
La nena, emocionadísima, vos vieras, se le llenaban los ojos de lágrimas. ¿Vos decís que le gusta? No creo, che, viste que los judíos sólo se casan entre ellos y no le dan ni la hora a una chica que no es moishe. Además, mi nena está muy bien casada, por suerte. Viste que mi yerno es médico y todas esas cosas y si no fuera por los culos de botella no sería tan feo. O si tuviera pelo. También, le quedaría lindo que adelgazara un poco, y que no estuviera todo el tiempo sacándose la cera de los oídos. Pero por lo demás, es un hombre bastante buen mozo. Está bien que los bigotes son muy grandes para la cara que tiene y viste ese ojo que se le pianta para el costado. Pero tiene linda voz, el muchacho, y además es muy leído.
La cosa es que casi enseguida que prendimos la tele, resulta que cortan la transmisión y pasan a otra noticia, no sé qué cosa de la Cámara de Diputados y después a un secretario de Cristina que parece se hizo millonario en cuatro años.
“Estos de TN ya se pasaron para el otro lado, ahora seguro que se hicieron oficialistas”, dijo la nena y a mí no me deja de sorprender esa chica, todo lo que sabe.
Yo que le pregunto si no quiere tomar unos mates, un juguito, algo y ella que me contesta que mejor sería un whiskisito, pero que ya sabía que en mi casa nunca había alcohol
Y claro, le digo yo, mirá que voy a tener eso en mi casa, si nunca me gustaron las bebidas fuertes, que desde que murió el finado de su padre nunca más quise que entrara una botella a mi casa.
Charla va, charla viene, íbamos cambiando canales para ver lo que pasaban de la movilización a favor de la libertad de los medios y no a la censura y esas cosas importantes cuando caemos en Canal 9, en donde está Cristian Bello, y ahí me entero que en Paraná están por hacer una fiesta suinguer o algo así, esa gente que se le da por cambiar de pareja. No es que se divorcian y se casan con otro, ¿me entendés? Claro, sería como que se juntan cuatro personas o mejor dicho dos matrimonios, y uno se va con la esposa del otro, y viceversa igualmente para la otra pareja. Pero claro, una chanchada, porque no vayas a pensar que se van a charlar un rato y a contarse cosas, como quien dicen, ni a jugar al ludo. No, nada que ver. Se van a hacer eso que estás pensando y no te equivocás.
Según explicó muy bien el chico de Bello, van a hacer una fiesta acá en Paraná para juntarse todos los que no quieren hacerlo más con su señora y quieren hacerlo con la esposa de otro.
swinger¡Haberse visto! ¿Alguna vez vos te imaginaste que íbamos a llegar a semejante situación tan degenerada? Porque ponele vos los de los travestis y los maricones que hay en la tele pero llegar a que los matrimonios se acuesten con otros matrimonios y después se vuelvan tan como si nada a sus casas. ¿A vos te parece?
La cosa es que mientras yo razonaba en voz alta y con toda razón sobre todo eso la miro a la nena y a ella no se le movía ni un pelo. Yo dije: está todavía conmocionada por el tema de la libertad de prensa y por eso ni me escuchó. Pero, no cuando le digo pero nena, a vos no te preocupa que las cosas estén llegando a este punto, no te preguntás para dónde va a ir este mundo.
Y como si nada, me hizo así. Viste cuando te hacen como diciendo a mí que me importa. Entonces le digo, pero nena es un degeneramiento eso que se anden degenerando así. Entonces se me largó a llorar, la pobrecita. Vos vieras, era una Magdalena. Y temblaba, como una hoja la nena pobrecita.
Ahí no más abrió la cartera y sacó una botellita chiquita, como de cuarto litro, forrada en cuero. Muy linda, vos vieras, como una de esas artesanías que venden por ahí. Y se mandó un trago largo, largo, hasta que no pudo más.
“Pero nena, qué te está pasando”, le pregunté yo. Y me imaginé que había algún problema con mi nieta o que le estaba haciendo falta plata o algo así, pero me parecía difícil porque viste vos que ellos, gracias a Dios, no les falta nada y bien que viven viajando. Y mi nietita es una santa que casi no causa problemas…
“Es tan difícil el matrimonio, mamá”, me dijo medio ahogada y se mandó otro trago de eso que tomaba. Y claro, le dije yo, mirá que venir a decírmelo a mí que estuve con tu padre, que en paz descanse, casi 50 años unidos en santo matrimonio. Que habrá sido un poco chinchudo, eso sí, pero nunca me hizo pasar mala vida ni me anduvo pegando, como le pasaba a la Pocha con su marido. Pero mi difunto esposo muerto, nada, ni siquiera molestaba cuando se mamaba, sino que iba solito, solito y se acostaba. Pobrecito, un santo verdadero.
La cosa es que la nena me empezó a decir que en la cama no se entendía con su esposo, que mientras iban a fiestas o salían a pasear en esos viajes tan lindos que ellos saben hacer, se olvidaba un poco.
Entonces yo, con la responsabilidad que me cabe como madre responsable que soy le dije lo que nunca pensé que le iba a decir nunca a una hija: “Nena, tenés que cambiar de cama. Cuando la cosa no funciona es lo que una debe hacer”.
Y te digo que la nena se quedó muda y sin hablar. Me miró como si no podía creer lo que estaba oyendo con sus oídos.
“¿Te parece?”, me preguntó la pobrecita y se mandó todo lo que le quedaba en la botellita, que tal vez era geitoreid o esas cosas que toman las chicas que se cuidan la figura.
Haceme caso, le dije yo. Y nos abrazamos como nunca antes nos habíamos abrazado y después seguimos hablando de otras cosas, de la ley de Kirchner y de los pajaritos. Porque ya estaba todo dicho.
Después se fue, más tranquila parecía.
Lo que me olvidé de decirle era que yo la acompañaba a alguna mueblería si quería para ayudarla a elegir la cama, que bien le quedaría que se arme su propio dormitorio en la piecita de servicio. Si total, la muchacha es con cama afuera y ahí puede dormir tranquila.

 cama-indiv

Vino Cristina

Por Emma Sáenz

emma3

 

Callate. Viste que en la tele hinchan tanto con eso de “mandá… al 2020″ que al final yo dije y qué tanto, y mandé. Resulta que a partir de entonces me empezaron a llegar al celular las fotos más chanchas que te puedas imaginar. Yo ni te las puedo describir, qué querés que te diga. Pero imaginate a mujeres desnudas mostrando las partes más íntimas de su intimidad, el interior más profundo, para decirlo correctamente. ¡Yo no sé qué piensan esas chicas! ¿No tienen padre o madre que les diga que están por el mal camino?
La cosa es que a cada media hora, no te miento, me sonaba la marchita peronista que mi nieta me puso como aviso de que me llegó un mensaje y que yo no puedo cambiar porque no sé cómo se hace (te digo, me agarran retorcijones de estómago cada vez que la escucho). Empezaba la marchita y ¡zas!, de nuevo las chanchadas esas, las mujeres con las piernas abiertas con sus partes al aire donde no debería darle el sol.
Y cuando recibí una en la que estaba una muchacha jugando con un perrito, como Dios la trajo al mundo dije basta. Agarré el teléfono y me fui para lo de la nena para que me diera una solución a semejante problema.
user601_pic126_1238357287Antes, me puse la boina blanca, esa que me trajo la Chiche desde Mar del Plata en el viaje de jubilados en invierno, y que nunca había tenido oportunidad de usar porque no encontraba la ocasión y como volvió el frío…
Entonces, salí a las corridas y me subí al remís rogando a Dios que en el viaje no me sonara la marchita porque sino, no iba a saber qué decirle al pobre hombre que manejaba, que parecía tan bueno.
Entro a la casa y le digo: “Nena, Dios mío, qué tragedia. No sé qué hacer”. Y la veo que ella estaba divina, vestida como para ir a tomar el té con Mirtha. Un trajecito azul soñado, y unos zapatos que vos no podrías comprarte ni ahorrando la jubilación durante un año.
“Pero nena, qué hacés con esa ropa a las 4 de la tare”, le dije yo y ella, que estaba de lo más nerviosa, iba y venía, del baño al dormitorio, de ahí al vestidor, al baño de nuevo y siempre con el espejito de mano, retocándose la cara.
“Es que viene Cristina”, me dijo ella y yo casi me muero. ¡Me muero!
“¿A tu casa?”, le pregunté yo, y entonces ella resopló enojada, porque estaba muy nerviosa viste, y me explicó que la Presidenta venía a Paraná y hacían un acto en el Parque Industrial y ella con su esposo estaba invitada porque es amiga de no sé quién.
¿A vos te parece? ¡Mi nena amiga de peronistas! Te juro que no lo sabía. Viste que una cree que conoce a sus hijos y un buen día se da cuenta que son unos extraños. Pero yo le dije que la entendía, que estaba muy nerviosa porque esa mujer no será de mi total agrado pero, en definitiva, es nuestra Presidenta y que por eso ya era importante. Pero igualmente, yo era su madre y merecía alguna consideración, teniendo en cuenta el trance por el que estaba pasando que no se lo deseaba a nadie. Ella que me dice que espere a la noche y que se lo cuente entonces.
¿Te imaginás? No podía esperar hasta la noche, eso significaba que por lo menos me lleguen más de diez fotos chanchas más y con la marchita incluida. Entonces me le puse firme y le dije: “Mirá nena, yo nunca te pedí nada. Ahora estoy en un momento crucial de mi vida, acosada sexualmente, como quien dice. Y si vos no me ayudás no sé quién puede hacerlo”.
La nena volvió a resoplar y puso los ojos en blanco. En esos momentos parece que le va a salir humo por las orejas, te juro. Pero, después de respirar hondo, me dijo: “Ahora es imposible que te ayude. Venite con nosotros y después lo charlamos”.
Yo chocha, porque la nena se estaba interesando en lo que me pasaba. Al rato vino el marido y todos nos subimos al auto y nos fuimos para el Parque Industrial.
¡No sabés! Millones de personas. Gente de todo tipo y algunos sindicalistas también, te voy a decir. La cosa es que nos sentamos por ahí, donde pudimos y mi nena que a cada rato me preguntaba si ella estaba bien.
“Estás divina”, le decía yo, porque la verdad que la nena tiene su figurita. Y tiene a quien salir, qué tanto. Porque yo a su edad era más o menos así, aunque con menos glamour, como dice la Susana, porque en mis épocas una se vestía con menos pretensiones y además no había presidenta que nos venga a visitar. Está bien. Estuvo la Isabelita, pero no sé si ésa cuenta, porque la pobre no tenía todos los patitos en fila. ¿Te acordás cuando decía: “Y ahora vayan a sus casas, porque sino sus esposas me van a regañar?” Jajajaja. Mi difunto marido, que en paz descanse, siempre se acordaba de eso y decía que los milicos hicieron bien en sacarla pero no en meterla presa, porque a la final era una mujer y una mujer merece respeto, aunque sea Isabelita.
cristina-kirchner-61La cosa es que después de esperar un rato llegó la Presidenta. ¡Una reina!, te juro. Divina. Los pelos como recién salida de la peluquería de Homero Martín, sin mentirte. Para mí que ella viaja con su cuafer porque nadie puede tener el cabello así.
Primero habló el intendente, muy lindo lo que dijo, y después un hombre que no me acuerdo del nombre.
Al final, ella. Me emocionó, te voy a reconocer. Hace esas pausas que te dejan helada, y además agarra los micrófonos como si siempre hubiese estado haciendo eso. No me acuerdo mucho lo que dijo, pero me alcanzó para que yo la aplaudiera de pie. Porque la muchacha será un poco soberbia pero es nuestra Presidenta, qué tanto. Y viste que yo soy patriota como cualquiera y siempre cuelgo la bandera del balcón los 25 de Mayo.
Por eso cuando la nena me dijo que vayámos a saludarla yo me sentí conmocionada y le agradecí a Dios por todo lo que me daba en la vida, que es mucho, porque no cualquiera conoce a una presidente, aunque sea peronista, porque son nuestros presidentes igual aunque una no los haya votado.
Entonces, nos fuimos acercando. De a poco y a los empujones. La nena medio que se fue quedando atrás y yo, viste como soy, me metía diciendo permiso, permiso, que soy una persona mayor y se me sube la presión en las conglomeraciones.
La cosa es que de un repente estaba frente a Cristina y le grité Presidenta, y le chanté un beso, qué tanto. Ella como que se sorprendió por tanta efusividad y me miró la boina blanca. Se ve que le gustó porque me la ponderó. Me dijo que le gustaba y me habló de Alfonsín, no sé por qué, pero a mí me pareció bárbaro que se acordara de ese prohombre.
“Un ser admirable”, me dijo y a mí se me piantó un lagrimón por el momento histórico que estaba viviendo.
Y no va que en ese preciso momento me suena el celular con la marchita. A mí me dio una vergüenza y casi le pido perdón, pero ella, lo más atenta, que me dice: “Atienda, atienda”. Y yo abro el celular y en la pantalla aparece la foto de la chica del perro pero ahora con la lengüita del animalito por allá abajo.
Un bochorno, una cosa que no se la deseo a nadie, ni a mi peor enemiga, ni siquiera a la Pocha, y con eso te digo todo.
Ella como que se sonrió y después miró al costado como buscando a un ministro, de esos que están siempre para decirle que si se despeinó o esas cosas. Y entonces aproveché y le dije que los ciudadanos estábamos desprotegidos, que en cualquier momento nos están jodiendo las empresas multinacionales con sus mensajes y marchitas, y que yo era una señora respetable, como Mirtha, que si se aprueba esa ley de la que todos hablan, no va a poder seguir con sus almuerzos. Qué tanto, porque yo también sé de política y esas cosas.
La Presidenta me miró fijo y te juro que le brillaron los ojos.
Me dijo: “Mirá querida, ahora vamos por los monopolios pero te aseguro que Mirtha siempre va a tener su lugar en la tele. Por más que no le guste el zurdaje“.
Yo, chocha.
Y me fui contenta, no te voy a decir que no. La nena no pudo solucionarme el problema de la marchita y las fotos chanchas. Ahora la muchacha del perrito ya empezó a divertirse con un burro.
Y bueno. Cada una se divierte con lo que puede.

PE-111-0178

Por Emma Sáenz

Callate. Viste con todos estos cambios del tiempo, que estamos en primavera y después en invierno, todo de un día para el otro, resulta que me resfrié, pero no sabés cómo. Si te digo que mi nariz parecía una canilla con el cuerito roto no me vas a creer. La cosa es que tuve que ir a la farmacia y pedir un antigripal, algo fuerte que por lo menos me cortara un poco ese estado, viste que te sentís como un trapo. Y bueno, le digo al farmacéutico que con un té de esos calientes me alcanzaba y el tipo que me sale diciendo que esas son soluciones pasajeras, que mejor tomara un antigripal que ni me acuerdo del nombre, ahora. A la final, la jodita me costó 35 pesos y no entró por PAMI, así que tuve que abrir la billetera y poner pesito por pesito sobre el mostrador. En eso que estaba contando los billetitos entra Maira, la nietita de la Pocha. ¿Te acordás? La que el año pasado se presentó en el teatro con la academia de danza y todas las chicas del grupo de las Amigas del Crochet tuvimos que aguantarnos tres horas de un ballet en puntillas que no se entendía nada. Ésa misma. Yo que la miro con los lentes de mirar de cerca, porque estaba contando la plata, y fijate vos que no la reconozco. Y ella que me dice: “Emma ¿cómo andás?”, porque viste que estas jóvenes modernas de ahora te tutean como si nada. Y yo que le digo qué tal querida, tanto tiempo, pero la verdad que no tenía ni idea quién era. Y entonces me sale hablando de la Pocha y de sus dolores reumáticos y entonces caí: era la nena Maira, un poco más crecidita, eso sí. Como que se había desarrollado y ahora tiene curvas donde antes era una tabla. Fijate vos, esas nenas un día las ves jugando con las muñecas y al otro parecen una vedette.
Y entonces que le digo si venía a comprarle un remedio para su abuelita y ella me dice que no, que era algo para ella. Y se puso colorada, te juro. No le pregunté más nada, te imaginarás, porque una no puede andar metiéndose en asuntos ajenos de otros, pero me quedé un ratito más, después que pagué, para aprovechar y pesarme en la balanza. ¡Ni te cuento! Aumenté 800 gramos desde la última vez que fui a la farmacia por ese problema de las hemorroides que tuve y que no podía estar ni sentada. ¿Te acordás? Que la nena tuvo que venir a ocuparse de la casa porque yo andaba con el culo florecido como si fuese una magnolia gigante. Disculpá la palabra, pero a ese lugar no se le puede más que decir de esa manera, porque no me vengan con cola, upite y ano, que son palabras tan feas, por cierto.
Pero la cosa es que mientras yo me cambiaba los anteojos nuevamente para ver la báscula  (¿viste qué dije báscula? Así le decía mi padre, que en paz descanse, y creo que se dice así, o por lo menos queda lindo)… y estaba con la báscula cuando escucho que el farmacéutico que estaba atendiendo a Maira levanta la voz: “No nena, eso sin receta, ni loco. Además, sos menor de edad”. Y la chiquilina que se larga a llorar.
Viste cómo soy yo, que veo a un ser desvalido llorando y es como que me olvido de todo. Ahí mismo me di cuenta que tenía que intervenir y ayudar a la pobre chica, que tendrá el cuerpo de una Moria pero todavía sigue siendo una nena.
Pedí perdón por meterme, porque viste vos que yo soy siempre correcta y educada, y le pregunté al farmacéutico qué estaba pasando, porque yo la conocía a la nena y la creía incapaz de cometer alguna cosa que no estuviera bien, aunque no parezca, claro.
medicamentos“Es que esta medicación no se puede vender sin receta, señora. Calcule, voy preso si le doy esto a esta chica”, me dijo un poco alterado aunque siempre correcto, eso sí, porque el farmacéutico parecerá un roñoso con esa chaquetilla siempre sucia pero yo estoy segura que en el fondo es una buena persona.
La nena que no me paraba de llorar y yo que le decía que estaba bien, que no se haga problemas, que si quería que la llame a la Pocha. Y ella que se me larga a llorar más fuerte todavía. Que la abuela no puede saber nada, que si se enteran me matan y todas esas cosas.
La cuestión es que te la hago corta, para que no te aburras y no empieces a decirme sí sí como a los locos, sin escucharme. Te lo digo con una sola palabra: la Maira está gruesa. Sí, terrible ya sé pero muy cierto, y viste vos que para mí no hay nada más importante que la verdad, aunque duela.
“Pero nena, chiquita, mi vida ¿Cómo te dejaste engañar así? No sabés que los chicos jóvenes de hoy día son más rápidos que Fangio?”, le decía yo para consolarla. Pero no había santo ni Dios que la calmara, angelito mío, y dale que te dale con la moqueada.
“Mi mamá me va a matar, mi mamá me va a matar“, repetía la chiquilina.
“Tu mamá ni te cuento, y tu abuela se muere cuando se entere”, le dije yo. Ya sé que no le daba mucho aliento con esas palabras, pero alguien tenía que decirle algo a esa pobre criatura para que sepa cómo son las cosas de verdad.
“No sé qué voy a hacer, no sé qué voy hacer”, se quejaba la pobrecita y el farmacéutico que miraba para todos lados, medio incómodo porque no quería que le espantáramos los clientes.
Entonces me di cuenta que era yo, como siempre, la que tenía que intervenir para encontrar una solución al problema.
cytotec“Mire señor, si el problema es que la nena es menor de edad, véndame a mí lo que le está pidiendo y santo remedio”, le dije yo muy segura.
Pero claro, resulta que sin receta igualmente no se podía y el tipo que me asegura que él no podía hacer nada, al menos que…
Y claro, quería más plata. Así son, en este país todo tiene un precio y la moral se cotiza en bolsa, como dice mi yerno.
“Terminemos con la polémica y ya mismo me da ese remedio. Haberse visto, dejar a una joven madre sin su medicación“, lo reté yo. Qué tanto.
El tipo se fue al fondo y volvió con la cajita, medio que la escondía te voy a decir. Y ahí se la entregó a la criatura que se secaba las lágrimas y me decía gracias, gracias. Yo chocha, porque eso está en mi naturaleza: hacer el bien, sin mirar a quien y amar al prójimo como a ti mismo, es decir como a mí misma.
La cosa es que le pregunto cuánto es y abro la cartera para buscar los billetes.
“Doscientos pesos”, me dijo el roñoso. Te imaginás, no podía dar marcha atrás, y la nena tan contenta que estaba. Así que como no me alcanzaba la plata lo pagué con la tarjeta de crédito en 12 cuotas.
La nena que lloraba pero de la alegría. Me dio un beso y me dijo gracias, gracias, gracias, abrazadita a la caja como si fuera un tesoro.
Cuando nos despedimos, le pedí una cosa: si te sale nena, ponele Emma, que ya casi nadie usa ese nombre y me da miedo que desaparezca, como los dinosaurios.
Te juro que me miró asustadísima. Debe ser que mucho no le gusta ese nombre.

 

Por Emma Sáenz

emma2Callate. Al final me decidí y saqué el turno con el dentista por esa muela que me tiene loca. Viste vos que yo soy un poco miedosa al torno y esas cosas, porque si hay una verdad en la vida es la que decía mi madre: no hay dentista que no haga doler.
La cosa es que la llamé a la doctora Silvina y le pedí que me atendiera y me dio para el miércoles a las 19. Fijate vos el horario. Se ve que trabaja mucho, la pobre. Por eso pudo viajar el mes pasado a Brasil a un congreso sobre emplomaduras y otras cosas. Y bueno, se lo merece. ¡Quién sabe cuántas muelas habrá salvado!
Pero bueno, yo estaba por salír para mi turno pero antes me pregunté algo esencial: ¿qué me pongo? Abrí el placard (ya no lo digo más ropero, estoy aprendiendo a hablar mejor. Igualmente: ¿sabías que no se dice gripe sino grip? Sí, sin pronunciar la e. Se lo escuché a Mirtha Legrand y si ella lo dice es porque es así). Entonces, abrí el placard y me quedé mirando la ropa: todo, pero todo, todo, todo, ya lo había usado alguna vez. Viste vos que una no es delicada pero también tiene sus gustos y por ahí le dan ganas de estrenar algo. Sobre todo cuando una va a la dentista.
La cosa es que la llamo a la nena y le digo pero nena, no tengo nada para ponerme y llega la hora del turno con mi dentista. Y ella que me dice: “Pero mamá, ponete esa blusa gris con la pollera negra. Para abrir la boca no necesitás andar de pinta”. Yo no sé a quién salió así, tan fría. Te juro que a mí no, que yo soy toda una emoción. Y yo que le digo pero qué va a pensar la doctora si voy echa una andrajosa, me va a atender de mala gana y en una de esas ni siquiera me acepta la obra social. Y la nena medio que se ofuscó (otra linda palabra, como las de Corín Tellado) y me salió diciendo que ella no tenía tiempo para hacer de vestuarista, ni que yo fuera Mirtha Legrand que necesita asesoramiento. Yo que le contesto que Mirtha no necesita ningún asesoramiento porque bien sabe vestirse sola y lo hace muy bien y que además, seguro que cuando abre su placard encuentra todos los días ropa distinta.
mirthaLa nena empezó a decirme “ajá, ajá” y cuando ella repite eso es porque ya no te escucha, yo la conozco. Por eso que le digo mirá nena si te estoy molestando decime y te llamo otro día. Y ella, pobrecita, que me dice: “Pero no, mamá, es que ando preocupada con otras cosas importantes” Y ahí no más me contó. Resulta que, según parece, el gobierno está por aprobar una ley de servicios audiovisuales, que vendría a ser de la tele. Entonces, lo que quieren hacer es coartar a libertad de prensa y dejar nada más que los noticieros que pasan buenas noticias y que dicen que al país le va bárbaro. Yo le dije que no se hiciera problema porque total ningún noticiero pasa buenas noticias, así que a lo mejor no dejan ninguno y en ese caso estaríamos mejor porque, viste vos, los más ignorantes son los más felices. Y si no, fijate en esa gente que viven en los ranchos o andan en carritos. Siempre se están riendo, o me vas a decir que no.
Pero la nena no estaba de acuerdo. “Mirá mamá que esto va a ser otro avance en nuestra calidad de vida”, y me dijo. Y yo que le digo que si la tele es toda una porquería, que ya no hay nada para ver. Que si no fuera por Tinelli que por ahí nos entretiene un rato y nos informa sobre la Alfano y el Alé ni valdría la pena prender la televisión. O Mirtha, al mediodía. Entonces, ¿sabés lo que me dijo? Me dijo: “Si se aprueba esta ley, la Presidenta puede ordenar por un decreto que Mirtha no salga más por la tele”.
Me quedé muda, te juro y mirá que para que yo me quede muda… Porque no es que yo sea charlatana como la cotorra de la Pocha, sino que me gusta hablar y opinar, y también escuchar a los que saben. Como la nena. Y yo que le digo que no creía que se iba a animara a hacer un atropello semejante, que todo el pueblo se iba a levantar si la prohibían a Mirtha.
Porque está bien, a mí por ahí me cansa un poquito sobre todo cuando se mete a llevar políticos y otras cosas, pero te juro no puedo pasar un mediodía si no prendo la tele y me fijo quién está con Mirtha y cómo está vestida.
“Por eso hay que tomar conciencia y movilizarse”, me dijo la nena. Y yo, te juro, me pregunto a quién habrá salido tan política esta chica, porque lo único que me falta es una hija piquetera.
Me dijo que ni siquiera Rial iba a quedar, porque al Gobierno no le gustaban esas cosas y que la programación iba a ser toda como el bodrio de Canal 7 o iban a pasar fútbol las 24 horas para que el pueblo esté contento y los vote. Y ahí sí que me enojé, porque Rial será un cochino mal educado, que muestra cualquier guarangada a las 4 de la tarde, pero termina diciendo la verdad. Y sino fijate las cartas documento que le llegan todos los días y nunca le pasa nada. Quiere decir que después la Justicia le termina dando la razón. No te voy a decir que yo soy fanática de Rial pero a veces lo pongo para escuchar algo de fondo mientras hago cosas en la casa y así una se mantiene informada.
rialEntonces la nena que me dice que me va a traer un petitorio para que firme para pedir que la ley no se trate ahora en el Congreso sino después cuando asuma el nuevo gobierno. Y yo no sabía qué hacer, viste vos, porque después te investigan la firma y capaz que vienen a tu casa a hacerte algo, viste como son los peronistas. O acordate del 55 cuando quemaron las iglesias y todos esos atropellos. Mirá que si se metieron con la iglesia no van a venir acá a decirme cualquier cosa. Pero la nena que insistía que era nuestro derecho para que esto no se convirtiera en Colombia, donde gobierna Chávez y habla 12 horas por día por la radio. Y bueno, te digo, a mí eso no me parece tan terrible porque en ese caso apagás la radio y santo remedio, pero mirá si la sacan a Mirtha. Ella se muere sin la tele, te digo, porque esa mujer vive para eso.
“Y bueno, firmá y listo”, me dijo la nena que estaba apurada por irse y por cortar la comunicación. Y bueno, agarré y le dije que sí, que cuando pudiera que pasara por casa con el papel ése, así de paso charlábamos un rato de Lucía, mi nietita, y otras cosas.
Entonces prendí la tele y empecé a pasar de Rial a la Canosa para disfrutar un ratito más de la libertad de prensa, que quien sabe hasta cuándo nos dura. Tanto, tanto, te juro, que me olvidé de ir a la dentista. Me acordé a la noche cuando me atacó la neuralgia. Pero bueno, al menos son cosas que una hace por su país.

50548_tinelli

Por Emma Sáenz

emma1Callate. Me llama la nena enloquecida. “¡Ay, mamá tengo un dolor terrible en el corazón!”, me dice.
“¡Llamá a la emergencia médica! ¡Acostate! ¡Te mando una ambulancia!”, le gritaba yo. Pero no, callate, no tenía ni un infarto ni nada que se le parezca, a Dios gracias.
Resulta que me llamaba por teléfono para contarme una desgracia, una tragedia familiar: a Lucía, mi nieta, casi la echan del colegio. Decí que es un colegio privado, donde pagan puntualmente, si no tendría que andar buscando banco por ahí y quien sabe con quién se tiene que sentar, la pobrecita.
Resulta que la chica tuvo un examen, de geografía del Peloponeso o algo así. Y parece que por más que estuvo las horas quemándose las pestañas no pudo aprenderse los nombres de las ciudades y esas cosas. Te imaginás, pobrecita, saberse esos términos en quién sabe qué idioma extranjero. La cosa es que la chica, para no pasar nervios, se escribió un ayuda memoria para repasar durante el recreo. Pobrecita, tan aplicada, se lo dejó en el bolsillo. Y cuando estaba rindiendo el examen metió la mano y tocó el papelito. Pensó que era una esquela o un número telefónico, viste vos, y lo sacó para ver qué era. Entonces no va que la profesora la ve y le dice “¿qué es ese papelito, Lucianita?” Y ella que le contesta que nada, que un papelito que se había olvidado en el bolsillo. Y la otra bruja que se lo pide y ve todos los nombres de la península esa.
¡Ardió Troya! Claro, la mujer se puso como loca, te imaginás. Que esto es una vergüenza, que sos una copiona y no sé cuántas otras barbaridades le dijo. Ahí nomás, Lucianita se puso a llorar, criaturita mía. Y la vieja bruja que la echó a fuera.
img_6049Ahora, digo yo, ¿tanto lío por un papelito de mierda? ¿Me vas a decir que la maestra esa nunca se copió cuando era chica? ¿El gobernador nunca se copió? ¿Los jueces nunca sacaron un machete en un examen?
Mi nena se enoja conmigo porque dice que yo la defiendo a Lucianita, pero no es así, criaturita mía. Pero una no puede dejar que comentan tantas injusticias y viste como soy yo de justiciera. Me fui para el colegio, ahí nomás. Entré echa una tromba y pregunté por la señora directora, porque por más que estaba muy enojada yo no me olvido de la buena educación, aunque buena gana tenía de decirle vieja de mierda.
La cosa es que me recibe una mujer con un rodetito ¡ho-rri-ble!, que me hacía acordar a la otra, ya sabés quien, a esa que no quiero nombrar y que Dios la tenga en su santa Gloria y no la suelte. La cosa es que me presento y le digo que soy la abuela de mi nieta y que quería presentar mis quejas formales por el maltrato que había sufrido la inocente criatura. La mujer, que no era tan vieja te digo, habrá tenido unos años menos que vos, me pregunta: “¿Usted es la abuela Emma?” Y mirá vos, a mí que se me estrujó el corazón, porque si la vieja esa me conocía de nombre quería decir que mi nietita había hablado de mí.
“La misma que tiene usted de cuerpo presente”, le contesté. Yo estaba con un trajecito lila, ése que me compré en Buenos Aires cuando fui a visitar a mi prima Ricarda. ¿Te acordás? Divina. Yo veía que la directora me miraba de arriba abajo. Claro, la pobre ni con 10 sueldos se iba a poder comprar un trajecito como ese. Entonces la mujer abre un cajón de su escritorio y saca una carpeta marrón y ahí adentro busca que te busca hasta que encuentra: el dichoso papelito. Vos vieras, un cuadradito de nada con dos o tres garabatos.
“Son las respuestas completas del examen que tenía que hacer su nieta”, me dice y yo que le digo qué hay con eso, que la chica lo tenía para repasar durante el recreo, que era un ayuda memoria y esas cosas.
“Pero eso no es lo peor”, me dice. “Cuando la profesora reprendió a Lucía por tener este machete en la mano en pleno examen, su nieta le dijo infradotada”.
Me quería morir. Y bueno, que habrá sido una frase del momento, que una también se saca frente a la injusticia y que la chica habrá reaccionado así en un momento de ira.
Pero lo peor, lo peor de lo peor es que lo que me dijo después. ¿Sabés qué me dijo? Que cuando la retaron a la pobre Lucía por haber insultado a la maestra ella se defendió diciendo que era una palabra que le había enseñado su abuela. Yo que le digo que habrá sido Cuca, la mamá de mi yerno, porque vos viste que esa mujer no tiene ni un poquito de cultura, con verla cómo se viste ya te das cuenta.
“Su nieta dijo claramente que a esa palabra se la había enseñado su abuela Emma”, me largó la otra ponzoñosa. Yo, abochornada, te juro. No sabía qué hacer. Me levanté ahí mismo, nomás, y le dije que me retiraba indignada, que iba a consultar con mis abogados para ver qué hacía ante semejante afrenta, que nunca me habían humillado tanto en mi vida. Y me fui sin saludar. Qué tanto.
Cuando la llamé a Laurita, la hija abogada de Rita, la que va conmigo a las clases de porcelana fría, me dijo que lo dejara así, nomás. Pero sabés qué. Coincidió conmigo en que todo el mundo se ha copiado alguna vez en la vida. justicia

emma

Por Emma Sáenz

Callate. Me levanto a la mañana y encuentro un mensaje en el celular. Te lo leo: “Hola Emma, como estás, soy Chiche. Te molesto porque algo raro me está pasando: mi nieto es drogadicto. Besos Chiche” ¡Te imaginás! Ni siquiera le contesté el mensaje, porque mucho no entiendo de eso, sino que la llamé inmediatamente por teléfono, porque esas cosas no son para andar mandando telegramas.
“Pero Chiche, qué tragedia”, le dije yo ni bien me atendió. Y ella que lloraba, la pobre. Viste vos que con todas esas cosas, los jóvenes modernos de ahora se les da por la droga, quise consolarla yo. Pero ella que lloraba y lloraba por el teléfono y me decía: “¡Ay, Dios, ay Dios!”, como una letanía, pobrecita.
Te imaginás, no pude quedarme así. Y con lo solidaria que soy yo con los sufrimientos ajenos, ahí nomás me fui corriendo para su casa. Corriendo es un decir, porque tampoco que iba a salir como una loca sin arreglarme. Entonces, aproveché para usar ese rouge que me regaló mi nena de un nácar perlado, que me queda tan lindo, por cierto. También, me puse una chalina de seda rosa que, aunque no hacía mucho frío, bien que me hacía juego con el collar de piedras peruanas que me compré cuando quise subir al Machu Pichu y no pude, por esas cosas del apunamiento. Dicen que hay que mascar hojas de coca para no sentirlo pero yo, ni loca, te imaginás si después me hago adicta y se me da por el coqueo y esas cosas.
Pero salí así como estaba, aunque me puse un conjuntito de pantalón y chaqueta que me queda una hermosura, y llamé un remís, para tener más seguridad. Es que mi yerno me dice que no tome remises en la calle sino que lo llame por teléfono y que mire el número de móvil. Pero mirá que yo me voy a andar fijando en esas cosas. Tendría que estar poniéndome y sacándome los anteojos de ver de cerca y los de ver de lejos. Ni loca. Prefiero correr el riesgo.
La cosa es que llamo a la puerta, me abre la muchacha y le pregunto por la Chiche.
“Está meditando”, me dice. Y yo que sabía que a ésta se le da por el yoga y esas cosas del oriente me dije que me iba a tener como dos horas hasta que terminara su relajación pero la cosa es que vino casi enseguida, del patio. Estaba entre los helechos mirando la pared, y a eso le llama meditación.
“Un horror”, me dijo cuando la saludé. Yo pensé que no era para tanto pero tampoco quería subestimar su dolor así que le contesté que sí, que era una tragedia, que a nadie le gustaba que un miembro de su familia cayera en el submundo de la droga y todas esas cosas, y después me preguntó si ya había tomado el té. Yo que le contesto que sí, que sin unos buenos mates con bizcochitos no salgo a la calle. Entonces ella le pidió a la muchacha que nos traiga Coca Cola. Te imaginás, Coca Cola a las 11 de la mañana. Yo le dije: “Mirá Chiche, no te vayas a ofender pero preferiría una taza de té, a esta hora”. Y a ella le pareció bien y también pidió otra.
Cuando estábamos tomando el té, sin masas porque se ve que no había comprado, saca una tableta de pastillas y se manda una.
“¿Estás enferma?”, le pregunté yo y ella que me responde que no, que en realidad desde que pasó lo que pasó no puede pegar un ojo, así que está tomando pastillas para dormir y tranquilizarse. Yo le dije que hacía bien, porque tampoco se puede descansar con tanta preocupación.
Pero lo que yo quería saber era lo que había pasado y qué era lo que la tenía tan preocupada. Entonces me contó. Resulta que estaba ella y su nieto, ese muchachón de 19 años que no hace otra cosa que tocar la guitarra y que vive con ella porque le resulta más cómodo que estar con sus padres, mirando la tele, y ahí se enteran que los jueces decidieron que fumar marihuana ya no es un delito. Y entonces, el chico, que ya no es tan chico como vos imaginarás porque mide como Stallone, pegó un grito desaforado y ahí no más sacó un cigarrillo de droga y lo fumó. ¡Delante de Chiche! ¡Como si la otra no estuviese de cuerpo presente!
porroYo me muero, te digo si me llega a pasar algo así. Pero es imposible, porque viste vos que mi nena ni mate toma porque dice que no le gusta. Además, con el marido médico y esas cosas, no creo que se le dé por andar probando. Mi nieta, menos. Ella está con su internet, el chat, y esas palabras raras. Además, la chica se cuida su figura y ni loca se va a andar envenenando.
Pero la cosa es que el nieto de Chiche se lo fumó todo delante de ella y la pobre mujer que le decía: “Pensá en tus padres, en los hijos que vas a tener que te pueden salir minusválidos por consumir esas porquerías”. Pero el otro, el vago ése, ni la escuchaba. Fumaba y fumaba, como el verso de Carriego, y ni se preocupaba por la pobre vieja que ya le estaba por dar un ataque, ahí mismo.
“No me contés más, que me hace mal”, le dije yo. Porque viste que yo soy reimpresionable y no me gusta mirar esas películas de acción y de tiros sino que prefiero las de Marcelo Mastroiani y esas románticas que te cuentan cosas lindas. Pero la realidad es así, una no elije sino que alguien hace lo que se le antoja. Y ahí nomás le pregunté si no había pensado en una de esas granjas en las que curan a la gente que tiene problemas con la droga, y que tanto bien hacen porque son cristianos o algo así. Yo por ayudar, nomas, porque tampoco me quiero andar metiendo en problemas de familias ajenas. Y ella que me dice que no le gustan esas cosas porque cree en la libertad del espíritu. ¡Imaginate! Yo como loca.
“Eso es culpa de tus clases de yoga y esas locuras”, le espeté yo. Te digo “espeté” porque se lo escuché a mi yerno, un día que estaba medio mamado y es en esas situaciones cuando le salen más lindas palabras, cuando llega la noche y se le da por el whisky. Pero como él es médico sabe cuánto puede tomar sin que le haga mal.
La pobre Chiche no sabía qué hacer y yo, como soy, que me gusta tomar el toro por las astas, le dije: “Vamos a hablar con él”. Y resulta que el boludón estaba durmiendo a las 11 de la mañana, pero como a mí no me importa nada, ahí nomás nos fuimos a despertarlo.
No sabés el olor que había en esa pieza. Viste que dicen que los drogadictos no se bañan, pero eso era demasiado. Parecía que se había muerto un gato una semana atrás y que nadie lo había tirado a la basura.
“Nene”, le dije yo. “Ya sabemos que tenés un problema, pero eso no te da derecho a arruinarle la vida a toda tu familia”.
Viste que yo leo a Buscaglia y a todos esos intelectuales que hablan pavadas pero, parece mentira, en algún momento te sirve. El chico me miró sorprendido, y yo me di cuenta que nunca pensó que una señora de mi edad, que no son tantos años tampoco, le iba a hablar así, como un par, como quien dice.
“¿Qué te pasa?”, me preguntó medio dormido. Y entonces yo le seguí con el flagelo de la droga, con la lacerante herida de la adicción y el consumo desproporcionado de sustancias tóxicas. La búsqueda del placer egoísta, el aquí y ahora, la sensación de no estar y el vacío de una existencia que no nos redime. ¡Me hubieras escuchado! Parecía la Luisa Delfino, más o menos. El chico bostezó y se rascó la panza, pero yo sé que me escuchaba. Porque viste vos, cuando uno vierte palabras tan sabias es imposible que el otro no se conmueva.
0703271558576ct9uh490-una-persona-fumando-un-porro-bEntonces me dijo: “Mirá Emma, lo tuyo está recopado”, viste que hablan así ahora. Y ahí nomás sacó un pucho de un atado de Philips Morris, porque yo me fijé bien. Aunque no tenía filtro, era un cigarrillo de los buenos.
Y entonces nos pusimos a fumar los tres. La Chiche, el muchacho y yo.
¡Da gusto cuando se comparten cosas en familia!

emma6

Por Emma Sáenz

Callate. No va que me la encuentro a la nieta de Pochocha, la hija de Marta. ¿Te acordás? La que siempre andaba en cosas raras como teatro, circo y esas cosas. Bueno, resulta que fue en la cola para el cajero automático. Porque yo prefiero ir de mañana, aunque haya mucha gente y tenga que esperar un rato, porque viste vos que es re-peligroso entrar a un cajero de noche. O a la tarde, igualmente. Porque te manotean la cartera ni bien te ven salir. Mi yerno siempre me dice: “Vos, Emma, andá a las 11. Ni antes, ni después. A esa hora anda todo el mundo y hay vigilancia policial”. Igualmente, te digo, cuando te va a pasar te va a pasar, porque a los chorros no les importa ni el día, ni la hora, ni el lugar.
Pero la cosa es que estaba en cola y una nena que estaba delante de mí me dice: “¡Emma! ¿Qué hacés?” Yo primero me dije, quién será esta guacha atrevida que me anda tuteando, porque vos viste que ahora todas las de 20 fuman y te dicen che como si nada. Hasta que le miré bien la carita y, te juro, le vi la sonrisa de la Pochocha, esa cosa entre alegre y que no se le cree mucho, viste vos pobrecita.
“Pero nena -le digo yo- Qué cambiada estás” Y ella que se ríe y me dice que tiene un aro nuevo en la nariz. A vos te parece, ponerse un aro en la nariz. Eso no pasaba en nuestras juventudes. Sí, por ahí había alguna loca que se ponía unas caravanas de este tamaño pero siempre en las orejas, obviamente. Mirá que ponerse aros en cualquier parte, Dios mío, con el dolor que te debe provocar eso.
Pero la cosa es que no era el aro sino que se había cambiado el color del pelo. Está morocha, morocha, morocha. El cabello azul azabache lo tiene, vos vieras.
aro“Pero nena -le dije yo- Habiendo tanta gente que quiere ser rubia y vos te teñís de morocha”. Y ella como si nada, se mataba de risa. Me dijo que estaba entre verde, colorado o negro y que al final se decidió por el negro. Decí vos, porque mirá si tengo que andar saludando en la cola del banco a una loca de pelo verde. Es que esa chica nunca fue muy normal, ¿no? Siempre se le dio por cosas raras. Tal vez porque la madre es psicóloga y todo eso, viste vos que ellos tienen unas ideas de lo más raras para criar a sus hijos. Aunque fijate vos que Patricia, la nena de Dominguita, es psicopedagoga y los hijos le han salido de lo más normales.
La cuestión es que cuando la nena se va y me toca a mí el turno en el cajero, pongo la tarjeta y marco la clave. En eso, justo, justo, me suena el celular. Te digo que es un problema eso de andar con un teléfono para todos lados. ¿A quién se le pudo ocurrir que necesitamos un teléfono en la cartera? Te acordás, cuando yo era chica y vivía en el campo había un teléfono como a 20 leguas. Teníamos que hacer cola cuando queríamos llamar a tía Rita, a Buenos Aires. Y bien sanitos que nos criamos. Y mirá vos, ahora con un teléfono en la cartera. La cosa que me suena y yo me pongo de lo más nerviosa, porque no sé por qué siempre que suena ese aparato a mí se me ocurre que son malas noticias. Atiendo y no: era la Meche que se le había ocurrido que a la tarde nos podíamos juntar a tomar el té y jugar a la loba.
“Pero y no pudiste esperar que llegara a mi casa para decirme eso”, le dije yo. Y ella que me decía que cómo iba a saber donde estaba yo. Y yo que le digo que estaba en el banco en el cajero, y ella que me dice que si yo podía avisarle al resto de las chicas que sino se iba a fundir con el teléfono. Y yo que le digo que ah sí, mirá vos, y yo que soy ¿María Julia? Por lo de la Alzogaray, viste que tuvo que vender el petit hotel, pero la Meche no lo entendió y yo dije mirá si te lo explico por el celular la que voy a tener que vender una casa soy yo, para pagar la cuenta. Y ella que me dice ¿qué cuenta? ¿Estás pagando una cuenta?
cajero_-_manosLa cosa es que mientras yo estaba ahí luchando para que la Meche me entienda se acerca un guardia de esos de seguridad y me mira y me dice: “Señora, no se puede hablar por teléfono en el banco” Y yo que le explico que no había llamado yo, sino que era Meche que me había llamado a mí y que ella no podía saber que yo estaba en el banco y que igualmente, yo no podía saber qué quería la Meche. ¿Y si era una urgencia o algo así? Y la mecha que me decía “Hola, hola, ¿qué estás diciendo?”. Y el guardia que me pedía que apagara el aparato o que saliera para hablar. Y la otra que gritaba “Hola, hola. No te olvidés de avisarle a Rosita, que después se enoja si la dejamos afuera”. Y el tipo que prácticamente me agarraba del brazo, para sacarme.
Tanto lío por una llamada, grité yo. Te juro, grité porque me estaban enloqueciendo. Y en eso la pantalla del cajero que empieza a titilar y a hacer un zumbido tipo pi-pi-pi. Y la Meche que me decía que pase por La Familia ya que estaba cerca, y compre esos alfajorcitos de maicena que a ella la vuelven loca, y el tipo que dale con que vaya a hablar afuera. Y pum. Te juro, casi me desmayo. ¡Me la chupó! Sí, el cajero me chupó la tarjeta y no me la quería devolver.
Helada, quedé. ¿Viste ese sonido finito que se escucha en las películas cuando el tipo que está internado se le para el corazón, porque se murió? Bueno, no te miento si te digo que era lo mismo.
Lo miro al guardia y le pregunto ¿ahora qué hago? Me puede decir, cómo recupero mi tarjeta que es mi sueldo. Porque antes bien que nos arreglábamos cuando un cajero ser humano nos pagaba billetito por billetito en la caja, y una firmaba el recibo y se iba chocha con toda su platita. Pues ahora, no. Ahora como les gusta complicar todo, nos enchufan una tarjeta de plástico y con eso ya está. Pues bien, ¿dónde está mi tarjeta?, le gritaba yo al tipo que me miraba y me señalaba el celular.
“…fijate que sean los más grandes, porque esos traen más dulce de leche. En cambio los chiquitos son un bocado y están lleno de coco”, me seguía diciendo la otra boluda que cuando se le da por hablar de alfajores no para.
El tipo ni se inmutó. Te digo inmutó porque es una palabra que usa mi yerno que es médico y a mí me parece tan importante cuando él la dice. Me dijo: “Señora, apague el celular y después hablamos para que le devuelvan la tarjeta”.
Pero, haberse visto. Así que a una la sancionan de esa manera por una simple llamadita.
Ahí nomás le dije: métase la tarjeta en el culo y me fui. Como Reutemann, viste vos. Qué tanto.

Publicidad
Documento sin título

 Powered by Max Banner Ads 
Encuestas

¿Asistió a algún espectáculo artístico local en los últimos 15 días?

  • No (75%, 3 Votes)
  • (25%, 1 Votes)

Total Voters: 4

Cargando ... Cargando ...
Contacto
Director: Fabián Reato laurentinodigital@gmail.com