emmaPor Emma Sáenz

 
Callate. Viste que yo casi nunca salgo y los otros días me encuentro con un amigo de mi nena que trabaja en Laurentino y me dice: “Emma, ¿no querés un par de entradas para ir al cine? Te doy dos de regalo, así vas acompañada”. Y yo le dije: “Ay, nene hace tanto que no voy al cine, creo que la última vez que fui vi Kramer vs. Kramer en el Cine Mayo”. Entonces, le acepté el regalo, las dos entradas, a pesar de que vos sabés que yo no tengo con quien ir. Claro, te podría haber invitado a vos, pero con eso de que tenés que cuidar tu nieta, y la perra y los gatos, tenés más complicaciones…
La cosa es que me cambié, me puse el trajecito rosa, el pañuelito azul que me trajo la Chiche de Rosario, los zapatos nuevos que compré el año pasado y la carterita de strass. Y así salí, echa una reina, te juro.
No tenía idea qué iba a ver pero igual estaba contenta. Llego, le pregunto al boletero qué estaban dando y me dice: “Dos hermanos, señora. Con Graciela Borges y Antonio Gasalla“. Ahí no más me metí en la sala porque como era una película argentina no iba a tener problemas para entenderla, porque fijate vos que me olvidé de llevar los anteojos y no iba a alcanzar a leer los subtitulados.
¡No me vas a creer! ¡Lloré como loca! Resulta que yo pensé que estando Gasalla la película iba a ser una puteada tras la otra, y que la Borges iba a hacer chanchadas en la pantalla como hace siempre. Pero no. Son dos hermanos que se juntan para vivir cuando ya son grandes. Ella es una señora estupenda, como siempre, y él un solterón que se pasó la vida cuidando a su madre. La cosa es que la pobre vieja se muere casi a los 100 años y él se queda solo y para vestir santos. Entonces, se van a vivir juntos como para compartir gastos y esas cosas.
gasalla-y-borgesNo, no te voy a contar la película. Ya sé que tenés que hacer la comida pero dejame que te diga que cuando me iba caminando por la calle me fui pensando en mi nena. Es difícil ser viejo y estar solo.
Claro, qué te voy a contar a vos si estás como yo. La cosa es que cuando llego a casa me suena el teléfono y justo, justo era la nena. Se me estrujó el corazón por la coincidencia y le digo: “Ay nena vengo del cine y vi la última película de la Borges”. Ella estaba apurada y me dijo que no se la contara porque no tenía tiempo y me salió pidiendo la carterita roja, la de cuero, la que compré en Better. Resulta que al otro día era 1 de mayo y la nena se iba al acto por el Día del Trabajador.
“Ay, nena -le dije yo-. ¿Por qué te metés en esas cosas raras?” Pero me explicó que ella no se había hecho peronista sino que desde que el marido (viste que es médico) lo nombraron en no sé qué dirección de prevención de no sé qué cosa tiene que andar yendo y viniendo a todos esos actos.
“Pero cuidate -le dije yo-. Acordate lo que pasó en Ezeiza cuando volvió Perón”. Porque yo tengo buena memoria, te aclaro, y siempre me preocupo por las cosas de mi país.
La cosa es que al otro día viene por acá a buscar la carterita y me dice: “Pero mami, con un día tan lindo te vas a quedar encerrada. ¿Por qué no venís con nosotros?”. Y el marido de la nena, mi yerno, que me dice: “Dale, Emma. Vamos así conocés lo que es el pueblo”.
Callate. ¿Me creés si te digo que me subí al auto con ellos y me fui para el acto de los peronistas? Mucha gente, eso sí. Además de los peronistas había gente como cualquiera, que se ve que trabajaba y que estaba festejando su día. La cosa es que nos instalamos cerca del escenario y Rolando, el marido de la nena, se encuentra con el ministro no sé cuánto y se ponen a charlar, que esto y que aquello (viste cómo son), y en un momento dado le dice: “¿Y por qué no subís al palco así te presento al diputado tanto?”. Y Rolando que le dice que no sé, y la nena que le daba un poco de vergüenza. Entonces yo que me le pongo enfrente al ministro y le digo que con mucho gusto, que para nosotros sería un honor darle la mano a un prohombre de la patria.
Y subimos. Un escenario que parecía un departamento de dos ambientes, como para que cantara Alberto Castillo, más o menos. Pero no, el que estaba cantando era un muchacho narigón, con su guitarra, que no parecía peronista, aunque si estaba ahí por algo será. Rolando saludaba a uno y a otro, a éste y aquél, y la nena que les sonreía y se acomodaba los anteojos, un poco nerviosa la pobre. Y en eso de saludar a uno y a otro me doy vuelta y lo veo al sindicalista ése, el morocho camionero. Me puse tan nerviosa, te juro, que no me salía el nombre. Es igualito, igualito a como sale en la tele. Tal vez más bajito. Y me pasó como cuando lo encontré a Cristian Bello en el supermercado que se me puso en blanco la mente y no supe qué decirle. Hasta ahora me lamento de no haberle pedido un autógrafo a Cristian. A Moyano no le iba a pedir un autógrafo, claro está, pero por lo menos le hubiese dicho lo que pienso de los sindicatos y los paros, y de lo que hicieron al pobre Alfonsín durante su gobierno y que después se terminó muriendo, el pobre, después de tantos disgustos.
Pero justo cuando le estaba por decir algo se arma un revuelo que ni te cuento. La gente que grita, aplaude y todos se movían de acá para allá. “Ahí viene Kirchner”, me dice la nena tan emocionada como si hubiese visto a Fidel Pintos. Yo que quería verla a Cristina, no porque me interesara ella sino porque viste que siempre se viste tan bien y con unos modelitos divinos. Pero la nena me dice que ella se había quedado en Buenos Aires porque tenía que gobernar y no podía andar en actos políticos. La cosa es que apretón de mano viene y apretón de mano va, saluditos para éste y para aquél, termino quedando frente a frente a Kirchner.
nestor-kirchnerTe voy a decir algo y te juro que es verdad: Kirchner es más feo que en la tele. Yo no sé cómo una mujer tan linda como Cristina pudo darle bolilla a ese flaco narigón. Se me vino encima y me chantó un beso, te juro.
“Emma, Emma Sáenz”, le digo yo, para presentarme. Y él no fue capaz de decirme que se llamaba Néstor o Kirchner, como hace la gente educada cuando se presenta alguien.
“¡Feliz día, compañera Emma”, me dijo él y justo cuando le estaba por aclarar que yo no era peronista sino que estaba ahí para acompañarla a la nena, me lo sacan para llevarlo al lugar donde tenía que sentarse. Y Rolando que dice que nos teníamos que bajar porque ya iba a empezar el acto y no podíamos estar ahí.
Una lástima. Me hubiese gustado decirle al presidente que le tenían que dar el Martín Fierro de Diamante a Mirtha. Ya sé que no existe ese premio, pero ella se lo merece.
Quién te dice, con tanto poder que tiene ese hombre tal vez podía hacer algo.

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