las-ventanas-todas-sucias 

 

Fabián Reato

“Después pasale papel de diario porque si no quedan mareados”, dijo mamá.

Martita repasaba los vidrios de la ventana de la cocina. Nosotros le decíamos así, Martita, como si no tuviese tantos años como la abuela Clara, como si no fuese un mujerón de brazos robustos y fuertes. Pero la que había trabajado antes en casa había sido Isabelita, y antes Cachita. Siempre era así, en diminutivo, como si el achicarlas nos permitiera convertirlas en muñequitas adorables.

Los vidrios que luego de lavados con agua y jabón y posteriormente secados con un trapo limpio no se repasan con un bollo de papel de diario quedan mareados. Así lo repetía mamá cada sábado en el que a Martita le tocaban los detalles, es decir, ocuparse de aquellas tareas que el trajín de los días de semana no le permitía hacerlo.

Yo, por entonces, mientras tomaba la leche en la mesa de la cocina trataba de imaginarme cómo sería el mareo de los vidrios. Manteca con miel sobre pan tierno y blanco, mordisco ancho y luego el paladar se me impregnaba del mejor sabor de la mañana. Enseguida, venía el trago de la leche con café y al mezclarse en la boca un gusto nuevo se formaba que nada tenía que ver con lo anterior. La lengua iba y venía pegándose a la cúpula y, al despegarse, producía un chasquido de satisfacción.

-¡No hagás ruido al comer! –me retaba mamá. Siempre.

Para mí, los vidrios mareados eran transparencias que se descolgaban de las ventanas y se hacían añicos contra el piso. Durezas traslúcidas que no resistían los límites de los marcos y que se precipitaban hacia el suelo duro. O bien, me imaginaba que a través de ellos el exterior se vería derretido y deforme. Tal vez, mamá no quería que los vidrios quedaran mareados para que nuestra visión del mundo no quedara alterada.

Las mañanas de sábado eran otras mañanas que no tenían nada que ver con las comunes. Las otras, las de los lunes o martes, por ejemplo, eran mañanas apuradas, vacías, sin luz. Rara vez desayunaba acompañado una mañana de día de semana porque siempre la gente de la casa estaba ocupada en otras cuestiones. Apenas me sentaba, adormilado, cuando mamá o Martita me recordaban que tenía que apurarme sino llegaría tarde al colegio. Entonces, morder el pan con manteca y miel no era un placer sino un trámite. Igualmente, Martita se ocupaba del trabajo de limpiar como si fuese un trámite. Siempre dedicaba exactamente la misma cantidad de tiempo para realizar cada tarea: lavar los platos de la mesada, barrer el piso, repasar los muebles.

En cambio, los sábados ella tenía que limpiar los vidrios con tanta dedicación como para que no quedasen mareados. Ya se sabe: pasarle papel de diario después de lavarlos con agua y jabón.

Una vez por mes le tocaba la claraboya de la puerta cancel. Era un ojo de buey con vidrios de colores que se tragaba toda la luz de las once y media y la escupía hacia el zaguán, manchándolo de rojos y verdes. Estaba a una altura considerable, como a cincuenta centímetros sobre la cabeza del tío Julio, si él se hubiese parado en el vano de la puerta. Pero el tío Julio jamás se detenía en un lugar, siempre entraba a casa apurado, saludaba sin mirar a nadie, dejaba el dinero que nos mandaba papá desde el Uruguay y después volvía a subir a su camioneta para irse. La camioneta lo esperaba con el motor en marcha y la puerta del lado del conductor abierta. Siempre.

Papá, por entonces, andaba por unos campos en Tacuarembó, en una estancia que se llamaba Don Juan o Don Giovanni, algo así. Desde allá mandaba el dinero que nos permitía comer, pagar la luz y los impuestos, comprar algo de ropa e ir al cine una vez por mes. Y pagarle a Martita, que ese sábado le tocaba limpiar la claraboya de la puerta cancel.

Subida a una escalera, con un trapo empapaba el vidrio con agua jabonosa y dale que te dale hasta que quedaba todo blanco espumoso. Entonces, bajaba, enjuagaba el trapo con agua limpia, volvía a subir para volver a pasarlo. Abajo, las hojas del diario estaban desplegadas sobre el piso. Yo me tiré sobre ellas a leer las noticias de días atrás. Había una que hablaba de un gato que había sido abandonado por sus dueños cuando éstos se mudaron a otra ciudad, en otra provincia. A pesar del desamor, el animalito se las arregló para encontrarlos, casi un año después. Caminos, campos, nuevas ciudades, perros acechantes, niños con gomeras, todo eso tuvo que pasar para llegar hasta ellos. No sabía que los gatos salían en los diarios.

-Alcanzame los papeles –me pidió Martita desde la punta de la escalera. Había llegado la hora de darles el toque final a los vidrios. Los hice un bollo crujiente y me dio lástima que la linda historia del gato tuviese un destino de vidrios mareados. Me subí al primer escalón y Martita desde allá arriba se inclinó para tomarlos.

-Estirate un poco que no llego –me dijo, y yo seguía pensando en el gato.

Si hubiese sido más alto, si ya hubiese tenido 15 años Martita no habría tenido que agacharse tanto y no habría perdido el equilibrio, mareada por la altura y el cambio de posición.

 

Un comentario para “Mareados”

  • Vale Pochettino dice:

    Uauuuuuuuuuuu, qué buen cuento, Fabián!! Qué rico el pan con manteca y miel y qué rico quedó ese mundo cotidiano a través de tus palabras!!
    ME ENCANTÓ. Laurentino, cada día cuenta mejor.

Deja un comentario

Publicidad
Documento sin título

 Powered by Max Banner Ads 
Encuestas

¿Asistió a algún espectáculo artístico local en los últimos 15 días?

  • No (75%, 3 Votes)
  • (25%, 1 Votes)

Total Voters: 4

Cargando ... Cargando ...
Contacto
Director: Fabián Reato laurentinodigital@gmail.com