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En 2003, el periodista y escritor Julián Stoppello arrancaba su carrera literaria editando Perro preso, una selección de cuentos de temática futbolera que venían siendo publicados en el suplemento deportivo de EL DIARIO. Rápidamente, esa edición se agotó y a muchos les quedaron las ganas de tener un ejemplar en su biblioteca.

Con la excusa del Mundial, pues durante el mes de junio todo girará en torno a la pelota, la Fundación La Hendija propuso una reedición ampliada de esa obra. Como adelanto de ese libro publicamos el cuento Mandále saludos a Espinosa.

Mandále saludos a Espinosa

Julián Stoppello

La primera vez que Montero lo nombró a Espinosa fue en una de aquellas reuniones de los jueves en el bar del Turco. Éramos pocos esa noche: Ferreira, Grimaldi, Montero y yo.
En realidad Montero llegó tarde y se dio el gusto de hacer el chiste de siempre. Pasó por delante de la mesa y se fue a sentar en uno de los taburetes pegados a la barra como si nos desconociera. Después, como nadie reparó en decirle algo, se arrimó solo:
-Yo les vengo a traer la solución para sacar a este equipo adelante y ustedes ni me invitan a la mesa -se quejó el Gordo mientras arrastraba una silla haciendo demasiado ruido.
Nos tenía acostumbrados a ese tipo de escenas, como a sus pésimos chistes y otras bromas desubicadas.
-En serio loco, tengo la justa, la posta -dijo apoyando los codos en la mesa y echándose hacia adelante.
-Qué te pasa Montero, a ver querido, qué bichito te picó en ese cerebro diminuto, obviamente limitado por el tamaño del cráneo -dijo Ferreira repitiendo una frase que ya era muletilla.
-¿Ustedes lo conocen a Espinosa? -dijo el Gordo, ahora serio y en voz baja, como contando un secreto.
-¿Espinosa? ¿qué Espinosa? ¿El Juanchi, el que vive acá a la vuelta? -preguntó Grimaldi.
-No, no, ese no.
-Y cuál Espinosa, cómo se llama -lo apuró Ferreira.
-No, no, no sé cómo se llama, Espinosa se llama, que se yo.
-Y bueno Gordo, pero qué hay con ese Espinosa -dije para arrimarlo un poco al quid de la cuestión.
-Es un fe-nó-me-no -dijo Montero moviendo exageradamente los músculos de su cara fofa.
-¡No saben cómo juega a la pelota! si lo metemos en el equipo, aunque sea tres o cuatro partidos, porque después se lo llevan a River, ganamos por goleada, por muerte, es Maradona -agregó el Gordo y nos empezamos a cagar de risa. Otra característica de su personalidad era la exageración, por no decir la mentira.
-En serio loco -insistió Montero- es buenísimo, te pasa como si fueras un muñequito, es una bestia el tipo.
-A ver Monterito ¿dónde lo viste? ¿quién es ese Espinosa? -dijo Ferreira.
-Viste la casa de mi tío el Remo, bueno, viste que yo voy siempre los domingos a comer asados ahí, pero todos los domingos, porque como el Remo no puede venir…
-Bueno gordo, dale, quién es Espinosa -interrumpió Grimaldi.
-No me apurés que estoy contando -lo paró en seco Montero- bueno, los Espinosa viven en una casa a 200 metros del campo de mi tío. Una casita humilde y son como ocho o nueve hermanos, más no sé cuántos primos que también viven ahí. Todos son Espinosa. El domingo pasado salgo a caminar por la ruta, paso por enfrente de la casa de los Espinosa y los veo que estaban jugando a la pelota. Me quedé mirando, viste que uno ve un picadito y se queda por ahí a ver si lo invitan a jugar. Bueno a mí no me invitaron.
-Menos mal, si no quebrabas a uno -se metió Grimaldi y el gordo agradeció la intervención con su risa de chimpancé y siguió el relato:
-Estuve un rato largo mirando y este Espinosa que te digo, un flaquito, petiso, que no das dos pesos si lo ves, se mareaba a todos, pero los pasaba como postes, una velocidad, una gambeta, impresionante.
-¿Y qué querés que hagamos nosotros? -preguntó Ferreira.
-Y si lo traemos a jugar al torneo de libres los pasamos por encima a todos, es Maradona el pibe, en serio te digo.
-¡Pero Gordo querido! no te das cuenta que estaba jugando con sus hermanitos, que jugando en serio cambia la cosa.
-Ustedes no me den bola si quieren, pero ese Espinosa es un fe-nó-me-no -repitió el gordo.
Después la conversación cambió de rumbo y Montero se quedó en silencio, empacado como un gurisito, hasta que Ferreira lo hizo morder el anzuelo pidiéndole que cuente algún chiste. El Gordo sacó su repertorio y tuvimos que soportarlo como media hora contando cuentos.

II. Yo siempre dije que Grimaldi era un tipo curioso e ingenuo. En definitiva, era el único que podía creerse, aunque sea la mitad o un cachito, la historia de Montero.
El lunes a la noche Grimaldi convocó a una reunión en el bar del Turco con los mismos concurrentes del jueves anterior. “Es top secret”, dijo.
Cuando llegamos Ferreira y yo, ya estaban ahí: Grimaldi anotaba no sé qué cosas en una libretita y Montero le apuntaba algo mientras tecleaba una calculadora diminuta.
-¿Qué hacen che, se van de viaje a Bariloche con el curso? -dijo Ferreira y enseguida agregó- ¿Gordo, vos sabés sobre estas cosas de la ciencia? mirá que la matemática y para colmo con tecnología de avanzada requiere un mínimo indispensable de cerebro…
-Calláte Ferreira y sentáte de una vez -ordenó Grimaldi.
Nos sentamos, Grimaldi y Montero se miraron un instante como para decidir cuál de los dos empezaba a contar.
-Me pueden explicar cómo viene la mano, ah ya sé… están por comprar un árbitro y les pasó tarifa con rebaja -se burló Ferreira.
-¡Qué árbitro, qué tarifa con rebaja! Espinosa papá, lo tenemos a Espinosa -dijo el Gordo y Grimaldi le pegó un coño para que se calle.
-Ah… Espinosa -dije- ¿y las cuentas esas para qué son?
Grimaldi dejó todas sus anotaciones, nos pidió discreción con un manotazo al aire y después confesó:
-El Gordo tenía razón, Espinosa es un fenómeno, es Maradona, yo mismo lo fui a ver, el pibe la rompe, vos lo ves y no das dos pesos, pero tiene una habilidad de la puta madre.
-Y lo podés traer un día para probarlo -se entusiasmó Ferreira.
-Qué prueba Paco, de qué prueba me hablás -Grimaldi parecía enojado- te estoy diciendo que es Maradona y vos lo querés probar. Estuve dos horas negociando con los primos para traerlo el sábado a jugar y vos querés probarlo. Te digo que es un fenómeno. Acá no es cuestión de probar, es cuestión de juntar 80 mangos de acá al sábado.
-¡80 mangos! Vos estás enfermo, querés pagarle 80 mangos para que juegue a un tipo que ni conocemos ¿A vos la boludez te la contagió el Gordo?
Grimaldi juntó los papeles, apurado, y amenazó con levantarse.
-Pará Santiago, en serio te digo, como le vamos a pagar a un tipo para que juegue, es un bolazo lo que decís.
-Es un bolazo que por no poner seis mangos cada uno no lo traigamos a Espinosa. Después el tipo va a jugar en la selección y nosotros vamos a decir: “mirá Espinosa, pensar que lo pudimos tener 90 minutos con nosotros”.
-¿Para tanto es? Si fuera así ya estaría en algún equipo.
-No le calienta al tipo, juega con los hermanos y los primos nomás, nunca fue a un club, si juega en patas. No quería saber nada cuando le dije de venir con nosotros, después me corrió uno de los primos y me dijo que por 80 mangos jugaba un partido. Se ve que los primos saben lo que el pibe vale, pero él no caza una, de pedo me dijo: “no… yo juego acá nomás”. Parece medio cortina, pero jugando es… que sé yo, muy parecido al Diego.
A Ferreira lo mató la curiosidad y a mí, por qué negarlo, también. El jueves hicimos la reunión “top secret” con todos los integrantes del equipo y planteamos el tema. Hubo resistencia, discusiones, pero no por nada Ferreira era el capitán, el tipo los convenció a todos para que pongan los seis mangos. Por primera vez habíamos contratado un jugador, un tal Espinosa.

III. Hicimos lo posible para que no se divulgue la noticia, pero se ve que la discreción no fue tal, porque el sábado todo el mundo sabía de nuestra adquisición con cifras y datos. Incluso en Región salió publicado: “El debut de un tal Espinosa despierta expectativa en el torneo libre”. Teníamos al nuevo Maradona, ese era el rumor.
Grimaldi y Montero fueron los encargados de ir a buscar al campo a nuestra estrella, con los 80 pesos que habíamos juntado.
Nunca habíamos visto tanto público alrededor de la cancha. Estaban los entrenadores de Huracán y de Atlético, y días después comentaron que Central había mandado un tipo para observar a Espinosa.
Faltaban cinco minutos para que arranque el partido cuando vimos estacionar el Falcon de Montero. Entonces se escuchó un grito potente: “!Ahí viene Espinosa!”. Todo el mundo se dio vuelta para ver a nuestro jugador. La puerta trasera del Falcon se abrió y el próximo sonido lo provocó la palma de Montero golpeando en la espalda de Espinosa y su voz intentando un susurro que en realidad se escuchó claramente en el silencio: “Tranquilo pibe, de acá vamos a River, esto me lo vas a agradecer toda la vida”.
Espinosa caminó hasta la cancha con la cabeza gacha. De su figura delgada y diminuta, sólo llamaba la atención lo extenso de su torso con relación a lo breve de sus piernas. Avanzaba custodiado por Montero y Grimaldi, que parecían disfrutar el momento de forma especial. “Me sentía Coppola”, llegó a confesar el gordo unos días después.

IV. El partido arrancó y Espinosa parecía inmovilizado. El tipo se miraba los botines, que le había prestado Grimaldi, y no atinaba siquiera a seguir el rumbo de la pelota. Ferreira le gritaba desesperado y Montero le hacía gestos obscenos a la tribuna que se empezaba a tomar para la joda a nuestro refuerzo y también al gordo que solito se había puesto la chapa de descubridor.
Fueron minutos de hondo dramatismo para nuestro equipo que había comprado un talento por 80 mangos y parecía haber recibido una momia. Indignado por la situación y las risas que surgían alrededor del campo, después de un recupero en nuestra área, Ferreira le apuntó a la cabeza de Espinosa. Tremendo zapatazo pegó el capitán. Entonces, el silencio cayó brusco sobre ese rincón de la ciudad, como un telón gigante que da por terminada la función, o mejor al revés, el ruido se acabó porque la función había empezado. La momia Espinosa recibió el violento disparo como una caricia al pecho, la pelota se desinfló entre las rayas de la camiseta y resbaló dócil hasta el pie como un animal que reconoce lazos de sangre en ese cuerpo en el que gira.
El tipo levantó la cabeza en la mitad de cancha, amagó a salir por derecha y enganchó por izquierda. Justo cuando se le arrimaba el cinco rival se detuvo, volvió a mirar hacia adelante e inesperadamente sacó el disparo… La pelota viajó por el cielo como un globo brillante y se fue cayendo, pesada, inevitable, con rumbo directo a la maraña de piolas que la abrazó con su quejido sutil de bienvenida.
Ese gol se tragó las voces, salvo la del Gordo Montero, que se fue corriendo y con un salto criminal derribó al artista zurdo que la gente miraba con la mandíbula colgando a la altura del pecho.
Espinosa cayó al césped dando un alarido terrible y quedó gritando debajo de Montero, que lloraba emocionado. Ahí estaba el Gordo y su gloria, el descubridor del otro Diego, abrazando su tierra prometida, las Indias de Colón, el Espinosa de Montero. Lo tuvieron que sacar entre dos. Abajo Espinosa aullaba de dolor y su pie izquierdo parecía una pieza descolocada en el cuerpo que se retorcía.
Montero no tuvo tiempo, ni tampoco la lucidez para entender que había aplastado su futuro en un instante. Seguía celebrando, insultando al público que se había desarmado en burlas minutos antes.
A Espinosa intentamos trasladarlo al hospital, pero enseguida aparecieron, quien sabe de dónde, sus ocho hermanos y no se cuántos primos y se lo llevaron. Nunca más lo volvimos a ver y tampoco tuvieron suerte los entrenadores que desfilaron por su antigua casa. Dicen que los Espinosa se mudaron.
Pobre Gordo, se pasó encerrado mucho tiempo tratando de olvidar el episodio y ahora es jugador compulsivo, se delira toda su plata en juegos de azar. Igual creo que no pasa minuto sin que el recuerdo lo atormente. Y si logra despegarse un instante de aquel partido, alguien se lo recuerda, con un saludo que Montero escucha seguido: ¡Che Gordo, mandále saludos a Espinosa!

4 comentarios para “Cuentos de fútbol para leer durante el Mundial”

  • Juan Carlos Gallego dice:

    Rubén Anselmo Espinosa, Creo que hablamos del mismo tipo, hoy tiene 34 años, sigue flaco y desgarbado como entonces, salvo una “pancita raviolera” está igual, vive en Tigre (es casero en una isla). El dueño de la isla un “paisano” de apellido Goitzman, nos invito a un asado que hizo Espinosa y después armó un picadito, Rubén no quiso jugar aludió un problema de columna y se quedo sentado a la sombra degustando un tinto…el que jugó fue su pibe, 13 años, 14 como mucho…jamás vi alguien jugar así, es Messi el guacho, Messi, te lo juro por la memoria de mi vieja. Que el diablo me quite la vista si les miento, en mi vida vi a alguien así. Le pregunté si no quería venir a probarse a Patronato, que ahora estábamos en el Nacional “B” que era una buena vidriera para…- No, (me cortó en seco)- No (repitió) y se sentó juntó al viejo a jugar un truco… No sé como se llama, solo el apellido “Espinosa”…que jugador ese pibe… Goitzman me dijo que el pibe es mejor que el viejo…”Espinosa” no se como se llama… “Espinosa”…que lo parió…

  • Yessenia Ariza dice:

    fue wena la informacion peo latosa

  • Pasternak dice:

    Arriba Stopello! Da un poco de rabia que, además de ser buen escritor, sea tan buen amigo. Al menos no sabe hacer asados.

  • Ana Inés dice:

    Excelente relato. Felicitaciones a su autor, quien atrapó con humor y suspenso hasta su desenlace a un puñado de lectores, a los que pude socializar de su existencia.
    Pienso trabajar en mi colegio con su análisis y atrapar a los alumnos a través de la flamante historia de Espinoza.
    Dicho sea de paso, mi más meritorio albañil se apellida así, y es un urso bastante momia. Me imaginaba que ninguno de sus parientes pueden encajar en la descripción del deportista de potrerito¡
    Saludos

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