Por Celeste Mendaro (*)
Le cuesta a Darío Albertini encontrar una fotografía del frente del bar que atendió su padre, Enrique Ángel “Tío” Albertini y sus hermanos, desde 1979 hasta el 1 de enero de 1993. Don Ángel tenía experiencia en el ramo; había atendido antes “Otto Chop”, al lado de la Catedral, negocio que debió abandonar cuando se demolió la zona para hacer una galería.
El alquiler de este espacio, frente a la Plaza 1° de Mayo, propiedad de Lucio Uranga, era disputado por varios posibles inquilinos. Como Albertini ganó la pulseada, le puso un nombre acorde a un lugar legendario en la memoria de sus parroquianos: “Bar Victoria”.
El Victoria era el único lugar de la ciudad de Paraná con bar y restaurante que atendía las 24 horas, y que obedecía a una sociabilidad hoy casi olvidada, heredera de los antiguos cafés, o restaurantes de comida casera, con sus clientes habitués.
No tenía una decoración especial ni rimbombante. Nada de bronces ni maderas terciadas. Un gran ventanal frente a la plaza era el cuadro infinito en la vida de Ramírez, un canillita, a quien religiosamente Albertini, por las noches, le “servía”, gratuitamente un café con leche y tostado de jamón y queso, tal vez su única comida, y seguro, su auténtica caricia humana del día y de la noche.
A la izquierda de la entrada, atrás de la barra, el “Tío” con sus hijos oficiaba de silencioso anfitrión.
En esta primera parte, el Victoria era bar y tenía un televisor enorme donde se veían películas alquiladas por los dueños.
Recuero vagamente un enorme poster, y a las señoras que trabajan por las noches, despojadas de sus rouges, descansando de sus pelos teñidos, absortas frente a una película con rutas solitarias, estaciones de servicio, tiros y algunas escenas de amor.
Uno siempre veía fragmentos del filme, después venía el rumoreo silencioso de las voces diversas que el Victoria aceptaba en un grado hoy asombroso, por aquello del “Derecho de admisión”, los bares temáticos, los kioscos con mesitas para adolescentes, y una vida “rápida”, práctica y al paso.
La nocturnidad obligada de ciertas profesiones tenía como único refugio cálido el bar de Albertini. Allí, sin distinción de pelajes y oficios, iban a compartir un plato de comida casera y caliente con un vino -que si bien no era de corte, se dejaba tomar- las clases sociales y los oficios más diversos de la ciudad. Una fotografía instantánea de los múltiples espacios sociales confluyendo bajo un mismo techo, sería hoy, la misma fotografía imposible del bar que Darío no logra encontrar.
A la medianoche, iban llegando empresarios notorios, diputados, senadores, futuros funcionarios políticos, luego de una reunión de platos, tenía reservada una mesa espacial para nosotros, sus clientes. Hablábamos de la vida, de frivolidades o simplemente de nuestra capacidad para pedir platos auténticamente baratos y ricos. Se hablaba de que si convenía la cerveza o el vino, si era mejor una entrada sin postre, o un plato principal de pastas. Esta conversación ocupaba un fragmento importante de la noche, que cada vez era distinta, simplemente por la existencia del Victoria. De esos tiempos, recuerdo una mesa de periodistas y gráficos que compartíamos la cena en el Victoria: Danilo Lima, Julio Vallana, Jorge Riani, Guillermo Huber, Carlos Ramírez, Marta Bidart.
Darío Albertini recuerda a otros habitués nocturnos: los actores que salían del Teatro 3 de Febrero o del Cine Mayo, que en aquel entonces presentaba obras de teatro. Su padre no acostumbraba a sacarse fotos con las personas famosas que iban a bar. “No era un figureti, ni cholulo”, dice. Se acuerda de la visita al Victoria del plantel completo de Boca Juniors, cuando recién se había incorporado Navarro Montoya, de las actrices Beatriz Salomón, Silvia Pérez, del músico César Banana Pueyrredón.
Un domingo, por alguna fortuita razón, no fuimos al Victoria.
Aquella noche, un hombre salido de una escena antigua de compadritos y borrachos, mató accidentalmente al mozo, Carlos Ángel “Nego”, uno de los hijos de Albertini. El tiro iba dirigido a otro con quien forcejeaba, o tal vez a nadie en especial.
Los siete hombres de esa noche de mayo, se habían ido, aplacadas sus exigencias, momentos antes del bar. Sus pretensiones de ser atendidos sin pagar habían sido satisfechas con cerveza y pizza.
A la salida, un taxista alegó que siete eran demasiados para un auto, y dos hombres quedaron en el bar, fatalmente condenados a actuar su escena trasnochada del peor modo posible.
Darío Albertini dice que antes de esta muerte, el bar ya venía en picada, y él se ilusionaba con hacer algunos cambios como atender solamente por el día. Su padre, el “Tío” Albertini, que sufrió la muerte de su hijo Carlos Ángel, murió tiempo después y el bar se vendió a otros dueños en enero del año 1993. La muerte de Ángel, casi instantánea, había ocurrido un 20 de mayo de 1991.
No recuerdo que hayamos hablado casi de este tema, simplemente dejamos de ir. La sola idea de que un hombre matara a otro, sin razón, a cara descubierta, enfrente a la Plaza 1° de Mayo, nos produjo perplejidad y una sensación de inseguridad que ya la ciudad abría para sus habitantes. Nos duró poco la “fiesta” de los 80, apenas salidos de la noche oscura de los 70.
A la salida del Victoria, las dos o tres de la madrugada, un día entre semana, la ciudad dormía su sueño, sin siquiera un perro callejero; el Victoria era el único faro en una noche de invierno, y merecía ser recordado por la calidez y bonhomía de quienes lo atendían y los momentos luminosos que brindaron a los habitantes inexcusables de la noche.
(*) Celeste Mendaro, hoy fallecida, fue escritora y periodista. Esta crónica fue publicada en El Diario, de Paraná, al terminar los años 90 y es un recuerdo de ella en la semana de su cumpleaños.




Fabi!!! Gracias por este recuerdo/homenaje para Celeste, que hizo desempolvar de mi memoria tantos momentos compartidos…
cuantas noches nos cobijaste Bar Victoria!recuerdo tus “pinguinos” de vino tinto a la salida de nuestros ensayos de teatro, donde continuábamos las charlas hasta que nos vencía el sueño…