Cuando el fútbol es un buen pretexto para contar historias

Ya tuvo una primera edición que se agotó y ahora, en esta segunda, se incluye un nuevo capítulo con otros cuatro relatos. Aunque el hilo conductor de todas las historias es el fútbol, las temáticas son diversas y variadas y atraen la atención tanto de los fanáticos como de los que son tibios o indiferentes ante el deporte.
| Fabián Reato
En agosto de 2003, Julián Stoppello publicó la primera edición de Perro preso, a través de la editorial Tráfico de Arte, una selección de cuentos de fútbol que venían incluyéndose en la sección Deportes de EL DIARIO.
Aquella primera publicación se agotó rápidamente y causó una excelente recepción entre los lectores. Por eso, era necesaria una segunda edición que fue publicada por la Editorial La Hendija y que, ampliada, incluye un quinto capítulo con cuatro cuentos nuevos.
El jueves 10, a las 20.30, será la presentación en la sede de La Hendija, habrá música, muestras de artistas plásticos y por supuesto mucha literatura.
En las vísperas del Mundial, es una buena oportunidad para acercarse a estos textos y, por qué no, para que los adolescentes y jóvenes se inicien en los disfrutes literarios. No sería una mala idea que los docentes aprovechen los fervores mundialistas para que sus alumnos se hagan el hábito de la lectura y lleven este libro a las aulas.
PERIÓDICO. Stoppello comenzó publicando en esta Hoja una selección de anécdotas curiosas relacionadas con deportes, historias que se contaban en las canchas, recuerdos de algunos memoriosos o relatos míticos transmitidos de boca en boca. Cuando la cantera de acontecimientos reales se agotó, surgió la ficción y casi sin avisar, la sección Historias y personajes que se publicaba todos los jueves pasó a contener sus cuentos de fútbol.
“Elegí el fútbol porque es un lenguaje casi universal para los argentinos”, explica el autor y aclara que en realidad el deporte sirve como escenario para contar historias diversas, protagonizadas por personajes de todo tipo: desde solitarios jugadores de alquiler hasta una misteriosa mujer “que caminaba por los bordes de las canchas y sólo alcanzaba a verla aquel que ella quería” (Una mujer al borde de la cancha).
El autor es periodista deportivo pero en sus cuentos no hay rastros de esa mirada profesional sino que las huellas son de la pasión con que describe los sentimientos: “Gabriel Rossetti se escondía de las polémicas del domingo a la noche, mirando películas de cuarta en los canales más altos del cable, esperando que la nostalgia dominguera se apague antes que la programación y que la soledad quejosa se tome vacaciones con las primeras luces del día” (Un domingo después).
Stoppello habla de fútbol pero podría hablar de cacerías, astronomía, ocultismo o cualquiera otra pasión humana. Mejor dicho: el deporte es un telón de fondo donde se van proyectando los relatos y ese dato es fundamental para el lector, porque no se le exige ninguna competencia futbolística especial, ningún conocimiento previo sobre el tema, ni siquiera el amor hacia el deporte. Sólo con el interés por las buenas historias, alcanza. Y la devoción por los personajes perfectamente delineados, algo que el autor logra con gran eficacia. “Lejos de casa, en un departamento de alquiler sin muebles ni señales conocidas, el tipo escuchaba ecos de voces lejanas. Varias horas antes había perdido la esperanza de sentir el alivio del jubilado o la calma que debía venir en algún momento después del final”, dice en El primer lunes de enero, la historia de un futbolista que inicia su retiro, que ve pasar el tiempo con la ayuda del whisky, las historietas y una mujer prudente llamada La Rusa, de “piel blanca, lechosa, que se volvía rojiza con la primera caricia precisa”. Todo el relato transcurre dentro de la habitación de este futbolista que ya no lo es, que quedó detenido y atascado en ese primer lunes sin fútbol, pendiente del diario que le tiran por debajo de la puerta donde relatan sus glorias en la cancha.
HINCHA. Pero si en estos cuentos abundan los jugadores, no podrían faltar los fanáticos, los que siguen a sus equipos con fidelidad religiosa y amor incondicional. Por eso, los hinchas tienen su propio relato, que se llama así, precisamente, El hincha, y cuenta sobre un abuelo enamorado por siempre y para siempre del Club Atlético Paraná (única referencia en todo el libro a un club real y un buen homenaje en este momento de ascensos), que le ataca el Alzheimer por el dolor de la muerte de su esposa y que no sabe el día en que vive, pero que puede repetir fielmente y sin equivocarse la formación del Gato en 1931. Ni hablar, las glorias del 75, cuando salió campeón y además nació su nieto. Precisamente, el nieto es la voz del relato, el que recuerda que al nono los domingos había que irlo a buscar a la cantina del club para que estuviera presente en la mesa familiar, no porque le gustara tomar sino porque el club era la extensión de su casa. Si bien el abuelo jamás había pateado una pelota, adoraba el fútbol.
“Yo soy hincha y los hinchas no tienen que jugar a la pelota, porque el fútbol es engañoso y si uno lo juega y alguna vez de casualidad hace un gol, ya se cree que sabe y no hay peor cosa que un hincha que se piensa un buen jugador”, define magistralmente.
Ese título es uno de los que integra el capítulo 5 que se agrega en esta edición ampliada junto con Los hermanos Marandino, Pensando en otra cosa y Mandale saludos a Espinosa.
En las publicaciones de EL DIARIO, los cuentos estaban ilustrados por Julieta Battauz, con dibujos de trazos de comics que se incluyen en el libro y abren cada relato.
Por otra parte, la portada estuvo a cargo del joven artista plástico Santiago Moreyra quien logró captar fielmente el espíritu de algunos de los personajes.



Que grande Stoppello!!!!