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Mientras otros escritores de su tiempo se encandilaban con las luces que fulguraban desde Europa, con estilos y temas foráneos, Martiniano Leguizamón dedicó su pluma a retratar la vida rural, bravía, selvática y salvaje que dio origen a nuestra provincia.
Poeta, dramaturgo, narrador, ensayista erudito, periodista, presidente de la Asociación Argentina de Historia y Numismática, este notable entrerriano, oriundo de Rosario del Tala, trascendió a nivel nacional no sólo por su literatura sino también por su activa participación cívica.
Nació en 1858 y murió en 1935. Su estirpe se entrelaza con las luchas por la independencia ya que su padre militó en las filas patrióticas y fue soldado de Francisco Ramírez. En su infancia era común el trato cotidiano con veteranos de las guerras que libraron el Supremo Entrerriano o Justo José de Urquiza y se dice que Leguizamón conoció personalmente a este último en el célebre Palacio San José.
“Muy pocos como él reaccionaron tan significativamente ante la evidencia de los acontecimientos, contra la penetración de los ismos provenientes del extranjero, en aquellos años iniciales del siglo anterior. Leguizamón se constituyó, por así decir, en ferviente defensor de los valores de nuestra identidad, a los que a través de su vasto quehacer poligráfico, imprimiósello de permanente reivindicación y vigencia”, manifestó el profesor Miguel Ángel Andreetto.
Su producción poética, teatral y narrativa fue vasta y exitosa: su obra Calandria, se estrenó en 1896 por la compañía de los hermanos Podestá en el Teatro de la Victoria y continuó representándose en escenarios de todo el país durante muchos años.

NOVELA. Pero quizás su obra más valorada y también difundida sea la novela Montaraz, un drama histórico sentimental que se sitúa en el año 1820 y retrata con increíble realismo las guerras fratricidas que enfrentaron las huestes de Artigas con las de Pancho Ramírez.
Montaraz fue editada en abril de 1900 por la editorial Costumbres Argentinas y pretende centrar la atención en el infausto amor entre Apolinario Silva y Malena, pero termina siendo una increíblemente exacta y realista crónica de las batallas que enfrentaron a las tropas de los caudillos dominantes en ambas márgenes del río Uruguay.
La historia romántica existe, sí. Leguizamón se detiene en describir a la joven pareja con rasgos idealizados pero el amor no se consuma más que en idílicos acercamientos detrás de la reja de una ventana, con ofrendas florales como único tributo. Luego, vendrá la tragedia que los separará para siempre y que sin embargo no termina con la historia que el autor quiere contar.
Porque lo que al tálense le interesa en demasía es referirse a cada detalle de los escarceos cuerpo a cuerpo en el campo de batalla, con bayonetas, sables curvos y rifles naranjeros. Entonces, no ahorra precisiones y el realismo de su relato es digno de una película épica: “El indio hizo un molinete con la lanza procurando ocultar la cabeza en el pescuezo del caballo. Era ya tarde; la trenza le había rodeado el cuerpo y un cimbronazo brutal le arrancaba de la montura, haciéndole rodar largo trecho sobre los pastos. El indio logró levantarse cortando el lazo de un tajo de revés, pero no había acabado de incorporarse aún, cuando un bolazo certero le aplastaba el cráneo derribándolo de rodillas, con los ojos sanguinolentos, saltados de las órbitas y la boca torcida por una horrible mueca…” (Pág. 42, edición Editorial de Entre Ríos, año 2000).
Pero no todo es violencia y sangre en el relato ya que el humor no está ausente. Por ejemplo, el autor apela a las exageraciones tan frecuentes en las ruedas de mateadas criollas donde los paisanos compiten en contar las anécdotas más sorprendentes y magníficas. Así, hablando del frío y de la escarcha, uno dice que alguna vez hizo un fuego en pleno campo juntando las ramas esparcidas pero que ni bien tomaron llama, los tizones huyeron despavoridos: es que se trataba de víboras congeladas por las bajas temperaturas y no de madera seca.
Sorprende que este libro no sea usado con mayor profundidad en las escuelas para enseñar no sólo la historia sino también la geografía, fauna y flora entrerriana porque sus páginas no ahorran referencias a las realidades montieleras. Los estudiantes podrían conocer al biguá, el morajú o el ñacurutú. Serían testigos de una competencia de carrera de sortija o del juego del pato. Además de deleitarse con voces y expresiones típicas entrerrianas algunas de ellas, lamentablemente, caídas en desuso
Además de Calandria, la obra de Leguizamón se completa con: Páginas argentinas (1911), La casa natal de San Martín (1915), El gaucho (1916), Rasgos de la vida del general Urquiza, El ocaso del dictador y La cinta colorada (1916), entre otros libros. Además, Alma nativa (1906), De cepa criolla (1908) y la obra póstuma titulada La cuna del gaucho (1935).

Un comentario para “De amor y de guerra”

  • Ivana dice:

    Recuerdo haber leído fragmentos de la novela en la cátedra de Lengua y Literatura, de la secundaria. Nuestra profesora era una acérrima defensora de la literatura entrerriana.

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